IA y educación: las 3P para potenciar, las 3D para evitar y las 3C para enseñar
Un especialista en educación superior propone un marco para aprovechar la inteligencia artificial en las aulas sin perder lo humano.

La inteligencia artificial ingresó en la educación a una velocidad difícil de comparar con transformaciones tecnológicas anteriores. Frente a ese avance, la discusión suele quedar atrapada entre dos extremos: el entusiasmo tecnológico, que supone que la inteligencia artificial resolverá buena parte de los problemas educativos, y la preocupación por sus riesgos, que empuja a restringir su utilización.
Para Leonardo Medrano, secretario general de Academia y Desarrollo de Universidad Siglo 21, ninguna de esas posiciones alcanza. La pregunta central ya no es si hay que incorporar inteligencia artificial a la educación, sino qué conviene potenciar, qué hay que evitar y qué se necesita enseñar en un mundo atravesado por esta tecnología.
El primer eje que propone es el de las 3P: personalización, predicción y proactividad. La educación moderna logró ampliar el acceso al conocimiento, pero para hacerlo construyó modelos estandarizados, con un mismo contenido y un mismo ritmo para estudiantes con conocimientos previos, dificultades e intereses distintos. La inteligencia artificial permite modificar esa lógica: un sistema puede reconocer que un alumno necesita explicaciones adicionales sobre un concepto, proponerle nuevas actividades, ajustar el nivel de complejidad o sugerir recursos diferentes. También puede ofrecer mayores desafíos a quienes avanzan más rápido.
La segunda P es la predicción. Cada interacción de un estudiante con un entorno educativo produce información: su participación, sus resultados, sus tiempos de estudio, las actividades que completa y las que posterga. Bien utilizados, esos datos permiten comprender mejor las trayectorias, identificar dificultades de manera temprana y ofrecer apoyos más oportunos.
La tercera es la proactividad. Según Medrano, la inteligencia artificial no solo permite que la enseñanza responda mejor al estudiante, sino que habilita un rol más activo del alumno frente al conocimiento. Puede pedir una explicación diferente cuando no comprende, solicitar nuevos ejemplos, generar una simulación, practicar con distintos escenarios, explorar las consecuencias de una decisión, recibir retroalimentación inmediata o aumentar voluntariamente la dificultad de una actividad.
El otro extremo del marco son las 3D: desinformación, dependencia y deshumanización. El primer riesgo es la desinformación, porque los sistemas pueden producir respuestas convincentes que no necesariamente son correctas. Una afirmación falsa puede tener exactamente la misma apariencia que una verdadera. De ahí la importancia de desarrollar la capacidad para evaluar la información, verificar fuentes, contrastar argumentos e identificar sesgos.
El segundo riesgo es la dependencia. Reducir el esfuerzo cognitivo puede debilitar las capacidades cognitivas. El desafío educativo consiste en distinguir entre utilizar la inteligencia artificial para potenciar el pensamiento y utilizarla para reemplazarlo. La tercera D es la deshumanización: la tecnología puede responder preguntas durante las 24 horas, ofrecer cientos de ejercicios o generar explicaciones diferentes, pero educar no consiste solamente en responder preguntas.
"El desafío será utilizar la tecnología para liberar tiempo de aquellas tareas que puede resolver eficientemente y recuperar ese tiempo para aquello que necesita presencia humana: acompañar, desafiar, inspirar, escuchar y construir comunidad", sostuvo Medrano.
El tercer bloque del planteo son las 3C: competencias, comunicación y creatividad. En un mundo donde acceder a información será cada vez más sencillo, el valor estará menos en acumular contenidos y más en ser capaz de utilizarlos. La comunicación seguirá siendo clave porque, aunque existan sistemas capaces de producir grandes volúmenes de información, serán las personas quienes deban explicar una idea, construir acuerdos, formular buenas preguntas, comprender perspectivas diferentes, liderar equipos y transmitir sentido.
La creatividad completa el cuadro. Si una inteligencia artificial puede generar en segundos una respuesta técnicamente correcta, el diferencial estará cada vez más en formular preguntas que todavía no fueron respondidas, combinar ideas que antes estaban separadas, imaginar alternativas y crear soluciones nuevas.
Para el especialista, hay una tentación frecuente cuando aparece una tecnología disruptiva: pensar que el desafío consiste simplemente en adaptarse a ella. "El futuro de la educación no consiste en acompañar una transformación tecnológica. Consiste en darle dirección", afirmó. Utilizar la inteligencia artificial para ampliar la capacidad de aprender, crear, comprender y transformar la realidad, con el objetivo de llegar más lejos de lo que se podría hacer en soledad.
Por qué importa
El avance de la IA en las aulas obliga a definir criterios pedagógicos y no solo tecnológicos. De esas decisiones depende que la herramienta amplíe el aprendizaje o debilite capacidades cognitivas y vínculos humanos.
Qué sigue
Queda por ver cómo traducen estos marcos las instituciones educativas argentinas en planes de estudio, formación docente y criterios de evaluación del uso de IA en el aula.
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