Salud

Mastitis, eczema y una grieta que no cerraba: la sorpresa de un cáncer de mama atípico

Daniela Vega relata el largo camino hasta el diagnóstico de enfermedad de Paget, un cáncer poco común que comenzó con síntomas confundidos con mastitis.

Redacción6 min de lectura
Mastitis, eczema, piel rota y la sorpresa de un cáncer de mama atípico: “Un camino doloroso y otra forma de abrazar la vida”

Daniela Vega notó una mañana una leve hinchazón y enrojecimiento en la mama, con una secreción que le llamó la atención. El día anterior, su ginecóloga había revisado sus estudios anuales y le había dicho que todo estaba perfecto. Aun así, decidió escribirle para contarle los síntomas y, por consejo de la médica, fue al consultorio. Allí le diagnosticaron una mastitis, pensando que quizá un conducto se había obstruido, aunque hacía 10 meses que ya no amamantaba a su hijo más chico.

Le indicaron antibióticos y fijaron una revisión a los 15 días. En ese primer momento, la mastitis no alteró demasiado su vida cotidiana: seguía con sus rutinas, ocupándose de sus hijos y de su trabajo. Solo le sorprendía que, después de dos largas experiencias de lactancia exclusiva —primero con Agostina y luego con Santino—, nunca hubiera tenido mastitis; y ahora la padecía sin estar amamantando. Eso le resultaba raro, pero no alarmante.

Lo que siguió fue una cadena de episodios que empezaron a erosionar esa sensación de normalidad. La primera mastitis se calmó con el tratamiento, pero reapareció poco tiempo después y tuvo que repetir el mismo esquema de antibióticos. Ambos episodios lograron resolver la inflamación, pero dejaron una huella concreta: una grieta mamaria que no se curaba, que se volvió una presencia constante, como un signo de que algo en su cuerpo no se estaba cerrando del todo, aunque aún no había ninguna sospecha de que se trataba de algo más grave.

A las tres semanas, la mastitis volvió y la secreción, aunque muy leve, no desapareció del todo. Su ginecóloga decidió entonces tomar una muestra de ese líquido y le indicó otro tratamiento con antibióticos. La muestra no fue suficiente para un análisis claro, porque la cantidad era demasiado pequeña. La médica también le pidió una nueva ecografía mamaria, que nuevamente mostró todo dentro de los parámetros esperables, sin hallazgos que llamaran la atención.

Cuando los síntomas inflamatorios de la mastitis desaparecieron, la piel del pezón comenzó a agrietarse de forma persistente. La grieta se mantenía como una herida que no terminaba de cerrar, a pesar de que el resto parecía estar bien. Alrededor de dos meses después, la ginecóloga la vio de nuevo y, preocupada por ese signo que no se resolvía, la derivó a un mastólogo de su confianza. Hasta ese momento, la ginecóloga había podido acompañarla, pero entendía que la complejidad de la lesión requería una mirada más especializada.

Daniela confiaba –y sigue confiando– en el criterio de su médica, así que fue a la consulta con el mastólogo al mes siguiente. Llegó algo inquieta, con la cabeza llena de los “qué podría ser”, aunque sin una sensación de alarma extrema. La tranquilizaba que, hasta ese momento, todos los estudios hubieran mostrado resultados normales. “Yo iba con la idea de que, al final, todo iba a tener una explicación sencilla, porque los estudios eran siempre ‘dentro de lo esperado’. No me imaginaba que esa grieta en el pezón podía ser algo más serio”, dice.

La primera consulta con el mastólogo fue una experiencia desordenada y desgastante. No era su clínica habitual, el lugar le resultaba ajeno y la atendieron con varias horas de demora. En un momento, Daniela estuvo a punto de irse; solo se quedó porque necesitaba avanzar en el diagnóstico, aunque estaba molesta y cansada. La espera le hizo cancelar a sus pacientes, ya que ella trabaja como psicóloga, y perderse o llegar tarde a los turnos. Cuando finalmente entró al consultorio, lo hizo con la peor de las energías, cruzada por la urgencia de su trabajo y por el agotamiento de la espera.

El médico la revisó y le explicó que algunas mastitis son rebeldes, especialmente si hay conductos tapados, y que en las ecografías todo parecía normal. Le indicó una crema con antibióticos y comentó que, en todo caso, podrían pensar más adelante en una resonancia.

La crema no funcionó: hubo días en los que la grieta parecía cerrarse, pero al poco tiempo volvía a aparecer, como si nada se consolidara. Esa intermitencia la llevó a buscar una segunda opinión. Fue a ver a otro mastólogo, en una clínica cercana a su casa, recomendado por una amiga y muy reconocido en su ciudad.

Este segundo médico la examinó, revisó sus estudios y cambió el diagnóstico: “Podría ser un eczema”, le dijo. Le indicó otra crema con antibióticos y le pidió que volviera en dos semanas. Ella le preguntó nuevamente sobre la necesidad de una resonancia, pero él fue tajante en que no hacía falta.

La mejoría no llegaba. Cuando regresó con la misma historia —la crema no le daba resultado—, la consulta fue breve, casi mecánica, de esas que duran apenas unos minutos y dejan la sensación de ser un trámite más en una lista larga. Esta vez, el médico tomó una muestra de la leve secreción que continuaba y le indicó una nueva crema con un antibiótico diferente al anterior. Otra vez volvió a casa con una receta y la indicación de probar algo nuevo, mientras la incertidumbre seguía ahí, intacta, instalada en su cuerpo y en su mente.

Ya en septiembre, la situación empezó a pesar con más fuerza. Daniela llamó a su mejor amiga de la infancia, Carla, pediatra que vive en el sur y en la que siempre confía cuando se trata de salud. Al contarle el largo recorrido de ecografías, cremas y diagnósticos cambiantes, Carla le sugirió consultar con una compañera de trabajo, una enfermera experta en heridas. La consulta fue online: mostró estudios, laboratorios y el relato de todos los ungüentos probados. La especialista le indicó usar unos parches con antibióticos específicos que debía pedir en Buenos Aires, cambiándolos cada cinco días y relatando la evolución. Aun así, la grieta se mantuvo, sin empeorar, pero sin cerrar.

Hasta que, al llegar al último parche, la especialista en heridas fue la primera en decirle algo que nadie había mencionado hasta entonces: “Dani, esa herida hay que biopsiarla”. Escuchar que existía un paso concreto más allá de las cremas le dio aliento: por primera vez entraba en un camino de diagnóstico más preciso.

“Entraba casi todos los días al portal de paciente para ver si estaba el informe de la biopsia. Me sentía muy inquieta. Confiaba mucho en el estudio, porque al fin iba a saber de qué se trataba esto. En diciembre de ese mismo año llegó el diagnóstico. Recuerdo leer ‘enfermedad de Paget’, sabía lo que significaba porque había leído sobre eso”.

La enfermedad de Paget de la mama es un tipo de cáncer poco común que afecta principalmente la piel del pezón y la areola. Se presenta a menudo como una lesión eccematosa que no cicatriza, y puede estar asociada a un carcinoma ductal in situ o a un cáncer invasivo. En el caso de Daniela, el diagnóstico fue de enfermedad de Paget sin tumor subyacente, lo que implicaba un pronóstico favorable, pero requería tratamiento quirúrgico.

El tratamiento consistió en una cirugía conservadora, con extirpación del complejo areola-pezón y radioterapia adyuvante. Daniela atravesó el proceso con el apoyo de su marido Sergio y sus hijos, Agostina y Santino. “En todo ese camino, me aferré sobre todo a mis hijos. Fueron y siguen siendo el motor que me empujó a no dudar en hacer todo lo que tenía que hacer”, afirma.

Hoy, Daniela está en controles periódicos y se siente agradecida por haber insistido ante las señales de su cuerpo. “Aprendí que cuando algo no encaja, hay que seguir empujando. El camino fue doloroso, pero también me dio otra forma de abrazar la vida”, concluye.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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