Nicole Vignola: por qué cuesta cambiar hábitos y qué rol juega la identidad
La neurocientífica explica cómo los automatismos cerebrales gobiernan las decisiones diarias y por qué modificar una conducta implica alterar la idea que cada uno tiene de sí mismo.

La neurocientífica Nicole Vignola sostiene que modificar un hábito no es solo un cambio de conducta: implica alterar la idea que una persona tiene sobre sí misma. Nacida en Sanremo y criada entre Italia y Sudáfrica, la especialista estudia por qué ciertos patrones se repiten incluso cuando generan sufrimiento, y advierte que el cerebro privilegia lo conocido por sobre lo beneficioso.
El punto de partida es una escena cotidiana: el teléfono vibra, la mano se adelanta al pensamiento y la pantalla captura otra vez el foco mental. Según el informe Digital Global Overview Report, los usuarios de internet pasan en promedio más de seis horas diarias frente a pantallas conectadas. Atención fragmentada, automatismos emocionales y agotamiento cognitivo forman parte de una época que convirtió la distracción en un modelo de consumo.
Vignola observa ese escenario desde la neurociencia. Su trabajo cruza hábitos, conducta, plasticidad cerebral e identidad con una mirada accesible. A partir de una infancia marcada por vínculos familiares complejos, decidió estudiar el cerebro para entender por qué ciertos patrones se repiten aunque generen malestar.
“El software que heredamos puede dirigir nuestra vida sin que siquiera entendamos hacia qué lugar nos lleva”, afirmó la especialista. Y agregó: “El punto central consiste en conocernos profundamente para cuestionar esa programación y decidir si juega a favor o en contra”.
Consultada sobre cuánto de las decisiones responde a una elección consciente, Vignola explicó que muchas están gobernadas por los ganglios basales, una región cerebral que busca ahorrar energía. Ese mecanismo vuelve automáticas conductas que van desde cepillarse los dientes hasta determinados vínculos o formas de reaccionar. “Una vez que aparece la conciencia sobre esos mecanismos, surge la posibilidad real de transformarlos”, remarcó.
La especialista también relativizó la idea de la falta de voluntad. Diversos estudios muestran que el control de las decisiones disminuye a lo largo del día a medida que el cerebro se fatiga, con lo cual aumentan los impulsos y cae la capacidad de sostener elecciones complejas. “Muchas veces el cerebro elige lo fácil porque está agotado, más que por ausencia de voluntad”, sostuvo.
En esa línea, el texto invita a pensar los propios automatismos como una forma de hábitos que construyen identidad. Vignola advierte que la neuroplasticidad, presentada muchas veces como una promesa optimista, tiene un costo emocional concreto. Cambiar implica permanecer más tiempo del deseado dentro de la incomodidad, porque el cerebro funciona como una máquina de predicción y privilegia aquello que le resulta familiar, incluso si ya dejó de servir.
“Modificar hábitos implica alterar la idea que alguien tiene sobre sí mismo”, aseguró. Relaciones, sentido de pertenencia y autopercepción suelen haberse construido alrededor de viejos patrones, y soltarlos puede sentirse como una pérdida aun cuando el cambio resulte beneficioso.
Sobre las señales que permiten advertir un patrón aprendido, la neurocientífica señaló que el indicador más claro aparece cuando una conducta se repite sin una explicación profunda. El autosabotaje, las relaciones tóxicas o las reacciones automáticas suelen revelar aprendizajes inconscientes más que elecciones genuinas. Bajo presión, el cansancio o el estrés exponen respuestas aprendidas como la complacencia excesiva, la evitación o la sobreinterpretación.
También puso el foco en el lenguaje. Frases como “siempre fui así” o “esa es mi forma de ser” reflejan historias reforzadas por repetición más que verdades definitivas. “Desde la neurociencia, aquello que se practica una y otra vez termina sintiéndose identidad”, explicó.
Respecto de quienes sienten que intentaron cambiar muchas veces sin resultados, Vignola propuso revisar primero qué significa “haber intentado”. Muchas veces se trata de esfuerzos breves con escasa consistencia real. La plasticidad cerebral responde a reglas claras: repetición, constancia y relevancia. Sin esos elementos, los patrones antiguos conservan ventaja porque resultan más eficientes para el cerebro.
El artículo también aborda el riesgo de creer que cada persona puede “crear” su vida desde la mente. Si el cerebro cree que algo “jamás será para mí”, empieza a filtrar la realidad desde esa expectativa y aparecen la inhibición, el repliegue o el miedo a actuar. A eso se suma la sobrerresponsabilidad: pensar que todo depende de la mente puede generar culpa frente a factores externos como el contexto o el tiempo.
Por último, Vignola distinguió entre entender un proceso y transformarlo en conducta. Comprender ocurre en áreas cognitivas superiores; cambiar requiere que esa información se traduzca en circuitos de acción y repetición. El aprendizaje pasivo produce una ilusión de progreso, porque leer o escuchar genera pequeñas recompensas dopaminérgicas aunque el cerebro apenas conserva lo que considera relevante para la acción concreta. La plasticidad depende de la experiencia, y la repetición, la carga emocional y cierto grado de fricción fortalecen las conexiones neuronales hasta volver automático lo que antes exigía esfuerzo.
Por qué importa
La nota ofrece herramientas concretas para entender por qué los intentos de cambio fracasan y cómo la repetición, la constancia y la relevancia moldean la conducta. Afecta a cualquiera que luche contra automatismos, desde el uso del celular hasta vínculos repetidos.
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