Trenque Lauquen: el hombre que enseña a coser pelotas a los presos para que no vuelvan a caer
Martín Herrero fundó El Pase, una cooperativa que ya capacitó a 165 personas privadas de su libertad en la fabricación artesanal de balones de fútbol.

Martín Herrero es un empresario de Trenque Lauquen, hincha de River y padre de cinco hijos, que hace 15 años fundó El Pase, una cooperativa social de inclusión laboral que enseña a personas privadas de su libertad a coser pelotas de fútbol a mano. Hasta hoy, la iniciativa capacitó a 165 personas en la fabricación artesanal de balones y busca que, al recuperar la libertad, tengan un oficio y un ingreso.
El proyecto nació después de años de visitas a un hogar de menores con causas penales que estaba frente a su casa y, más tarde, a la Unidad 20 de Trenque Lauquen, donde un sacerdote lo invitó en 2007 a compartir mates con internos en el espacio de la pastoral carcelaria.
La fabricación de una pelota de fútbol tiene varias etapas. Primero se consiguen los rollos de material sintético para el exterior, a los que se suman diseños, logotipos y colores mediante impresión digital o sublimación con calor. Después llega el troquelado, donde una máquina corta el material en figuras geométricas precisas, por lo general 32 paneles: 12 pentágonos y 20 hexágonos.
Existen tres métodos principales para unir esas piezas: el cosido a máquina, el cosido a mano y el termosellado. En el cosido a mano hay que agrupar los hexágonos y pentágonos con la forma que se quiere dar y luego coser al revés, uniendo las piezas por los bordes desde el interior del balón con un punzón e hilo de nylon de alta resistencia. Es clave dejar el último gajo abierto: por esa abertura se invierte la pelota para que las costuras queden hacia adentro, se introduce la cámara de látex o butilo con su válvula de inflado y se termina de coser el panel restante para sellar la esfera.
Todo eso no lo sabía Herrero cuando se fue a vivir a Trenque Lauquen. Lo aprendió para salvar a otros y salvarse a él mismo. Nació en Salazar, un pueblo de 2500 habitantes de la provincia de Buenos Aires, donde jugó en la Liga de Tres Lomas. A los 18 años se mudó a La Plata y a fines de 2000 volvió a sus pagos, sin trabajo y con 30 años, para instalarse con su familia en una quinta. Jugó algunos torneos comerciales hasta que las lesiones lo retiraron y pensó que su vínculo con el fútbol sería mirar partidos por televisión.
Él sabía de heridas. Por eso, cuando empezó a visitar el hogar de chicos menores con problemas penales que estaba enfrente de su casa, un poco se vio a él mismo. Eran adolescentes ingresados por robo o causas leves, pero sobre todo con problemas asistenciales: sin padre, sin madre o sin contención familiar.
“Vi que eran chicos de entre 12 y 17 años que tenían historias rotas, quebradas, de abandono, de abusos, infancias muy duras. Y me dio la sensación de que ahí estaba viendo su futuro”, relató Herrero.
Cuando el hogar cerró, muchos de esos chicos volvieron a los lugares de donde venían. Años después, algunos terminaron presos. Herrero dice que antes de entrar a una cárcel no pensaba en los que estaban detenidos: no estaban en su radar. El padre Pedro le pidió en 2007 que lo acompañara a la Unidad 20 de Trenque Lauquen, a un espacio de la pastoral carcelaria donde algunos internos se juntaban a conversar con una monja, tomar mate y comer facturas.
“Veo la cárcel y veo que a mí no me tocó, pero me podría haber tocado. Si bien a mí no me faltó la libertad ambulatoria, podía medianamente entender de qué se trataba”, sostuvo. Y agregó: “La cárcel es el lugar más fácil donde trabajar con lo emocional porque el que cayó preso casi que tocó fondo. Nadie elige dónde nacer, entonces hay que entender que a quien está hoy haciendo algo que no está bien, le pasó algo”.
En algún momento se dio cuenta de que con dos horas a la semana la diferencia que podía hacer era poca. Intentó llevar a algunos a trabajar a su empresa de aberturas y la idea no funcionó del todo. Ahí llegó la epifanía: crear una empresa solo para ellos que fabricara un producto para vender. Estuvo tres años pensando qué producto hacer hasta que, en 2010, durante un retiro en la cárcel de San Nicolás, descubrió que el cura Damián Vidano tenía unas máquinas con forma esférica para hacer pelotas con los chicos del barrio y venderlas.
“Me explotó la cabeza. De ahí sale la idea de la pelota, es un plagio total”, dice entre risas. La decisión estaba tomada, aunque tardaría cinco años más en ponerla en marcha. El foco de El Pase no está puesto en la capacitación técnica sino en fortalecer habilidades blandas, en la cultura del esfuerzo, en el cambio de hábitos y en el compromiso. “Los veía tan quebrados, tan hijos del desamor. Y creo que un abrazo o una mirada es tan importante porque puede ser el inicio de una nueva etapa”, repasa.
Quienes pasaron por la cooperativa lo describen como un padre. “Cuando Martín estudia a la persona ya sabe qué es lo que puede llegar a hacer y lo que no. Él te da una oportunidad no solamente para salir de estar preso sino para que se abra una puerta a otra vida”, contó uno de los jóvenes. Otro resumió: “Acá aprendí a gestionar mis emociones”.
Por qué importa
La iniciativa muestra una vía concreta de inclusión laboral para personas privadas de su libertad, un sector que suele quedar fuera del mercado de trabajo y reincide por falta de oportunidades. El Pase convierte un oficio artesanal en una herramienta de contención emocional y salida laboral.
Qué sigue
El desafío de El Pase es sostener la producción y ampliar la salida laboral de quienes recuperan la libertad, además de conseguir compradores para las pelotas artesanales. La continuidad de la cooperativa depende de que el modelo se pueda escalar más allá de la Unidad 20 de Trenque Lauquen.
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