Psicología

Vivir endeudado: el impacto de la mora en la salud mental de los argentinos

Un análisis psicológico advierte sobre el estrés y la angustia que genera la morosidad, sobre todo en los jóvenes que acceden a créditos con un clic

Redacción••3 min de lectura
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La pesadilla de vivir siempre en deuda

La morosidad en Argentina no solo afecta la economía de las familias, sino que también golpea la salud mental de quienes no pueden pagar sus deudas. El número de deudores que incumplen sus créditos es muy alto y esa situación, más allá de sus implicancias políticas o económicas, incide de lleno en el bienestar emocional de las personas.

Es cierto que los argentinos conviven con la deuda desde el nacimiento: cada habitante debe unos US$10.000 por la deuda externa. Pero la morosidad actual tiene otra visibilidad, porque lleva el nombre, apellido y firma de cada deudor, lo que la convierte en un terreno angustioso, sobre todo cuando la intención de pago es honesta pero la deuda se fue de las manos.

Ser deudor moroso afecta el estado de ánimo de quienes ven que la bola de nieve crediticia, con intereses incluidos, crece mientras su capacidad de pago se reduce. En términos de salud mental, lo mejor es vivir al contado, una versión psicológica del famoso “vivir el presente”.

La facilidad para obtener créditos a un solo clic en el celular no es un dato menor. Un porcentaje enorme de morosos tiene menos de 24 años: el 40% de los deudores de esa edad está en mora. Recién llegados a la vida adulta, no pudieron evitar la tentación de obtener dinero que se ofrecía de manera casi voluptuosa en sus pantallas.

El problema es complejo. Por un lado, cada uno debe hacerse responsable de los compromisos que asume. Por el otro, cuando la situación se generaliza, quedarse en lo individual es insuficiente para distribuir responsabilidades.

No sorprende que aparezcan situaciones psicológicas intensas en los morosos que no pueden pagar. Algunos se endeudan para poner comida en la mesa, pero muchos otros lo hacen de manera compulsiva para sostener un pasar económico superior al que su economía permite. Cuando la realidad se transparenta, incurren en conductas impulsivas, huyen hacia adelante, mienten a sus familias y se sumergen en una espiral de pesadilla de la que es imposible salir sin daño.

También existen los morosos seriales, que organizaron una forma de vivir sin culpas ni preocupaciones visibles, cerrando la cortina del mundo emocional y perfeccionándose en escapar de los acreedores. Son los menos, pero no pocos, sobre todo en niveles económicos más altos que el de los chicos que se tientan y aprietan el botón equivocado para comprarse unas zapatillas que luego no podrán pagar.

Hay otro tipo de deudas que no son económicas: la deuda emocional. El intercambio de afectos se pretende homologar al vínculo con un banco. Muchos sienten ser “morosos afectivos” o, peor, “acreedores afectivos”, un problema extenso y silenciado. En la pareja, la familia o la amistad, hay situaciones en las que sentimos o nos hacen sentir que “debemos” algo, nos “pasan factura” o nos “cobran” con usura por algo que creíamos ofrecido de corazón. En el amor también conviene vivir al contado, y que el dar y el recibir sean casi lo mismo en términos de beneficio.

Es muy diferente estar motorizado por el entusiasmo y las ganas que estarlo para cubrir una deuda con la que, además, sentimos estar en mora. En un caso nos mueve lo que abunda (ganas, deseo, entusiasmo, vocación, amor) y en el otro, un faltante que hay que llenar para no sucumbir.

Es saludable honrar las deudas y responsabilizarse por ellas. A la vez, sirve percatarse de que no estamos en deuda con un ideal por el que hipotecamos nuestra realidad presente. “El verdadero deseo es austero”, se dijo alguna vez, y esa austeridad, despojada de tentaciones excesivas, será el mejor regulador para saber cuándo una deuda debe ser contraída y cuándo hay que dejar pasar la tentación de eso que es fácil tomar, pero luego difícil devolver.

Por qué importa

La deuda afecta la salud mental de miles de argentinos y la facilidad para acceder a créditos digitales agrava el problema entre los más jóvenes. Entender el costo emocional de la mora permite buscar salidas menos angustiosas.

Qué sigue

Queda pendiente un abordaje más profundo de la deuda emocional en las relaciones personales, un tema que el autor anticipa para próximas columnas.

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