De Nueva York a Recoleta: la historia de Iggy James, el gastronómico que abrió Dimi y Ámbar
El cocinero llegó a Buenos Aires en 2020 para estudiar la deuda soberana y terminó al frente de dos restaurantes que marcan el pulso de la escena porteña.

Iggy James llegó a Buenos Aires en febrero de 2020 con una beca universitaria para investigar la deuda soberana y el rol del FMI en países periféricos. Tenía 23 años, estudiaba una maestría en economía política en Nueva York y trabajaba en gastronomía para costearse el alquiler. La pandemia lo obligó a quedarse y, seis años después, está al frente de Ámbar, un restaurante de casi 500 metros cuadrados frente al Cementerio de la Recoleta.
Antes de ese salto, James abrió Dimi, un bar de Chacarita de apenas 32 metros cuadrados utilizables que funcionó como laboratorio gastronómico. Sin gas, con cocina eléctrica y una carta que rotaba según la temporada, allí se consolidaron platos como los boneless y los chipás fritos, que hoy siguen vigentes en Ámbar. Este invierno decidió cerrarlo para concentrar todos los recursos en el nuevo proyecto.
“Dimi fue un lugar de experimento de goce gastronómico, aunque no teníamos gas”, explicó James sobre aquella primera etapa. La cocina era 100% eléctrica y los sabores se construían a partir de fermentaciones, marinados y técnicas que reemplazaban el calor tradicional. “Siempre logramos sabores y texturas a través de la técnica”, sostuvo.
El origen del proyecto fue casi accidental. James intentó exportar vinos argentinos a Nueva York, pero los controles de exportación locales volvían al producto poco competitivo en góndola. Una noche, mientras tocaba la guitarra con amigos, conoció a otro estadounidense que buscaba abrir un bar. Cuatro años después siguen siendo socios.
La propuesta de Ámbar combina técnicas francesas con sabores argentinos. La carta incluye tataki de atún rojo, ostras, tartar de ciervo, tartín de echalote, lomo Wellington y pato. La coctelería apunta a perfiles directos y los sets de DJs en vivo extienden la experiencia después de la cena. “Podés ir y cenar rico de la mano de un buen chef, y podés escabiar, bailar”, describió el gastronómico.
James reconoce que su modelo se inspira en Nueva York, donde cada barrio tiene lugares que funcionan como restaurante y bar a la vez. “Comparado con acá, no hay tantas propuestas tan versátiles”, afirmó. Su objetivo es ocupar un segmento intermedio: ni alta gama inaccesible ni propuesta de bajo costo. “Tengo precios en los que podés venir a Ámbar varias veces al mes, comer algo, tomar algo y pagar el auto de vuelta a tu casa”, remarcó.
Consultado sobre la evolución del paladar porteño, James consideró que la gastronomía argentina evolucionó muy rápido y que la ola de cocina asiática fue clave en esa expansión. “Banco muchos proyectos asiáticos acá, creo que son muy importantes en la expansión del paladar argentino”, aseguró. Su carta francesa, admitió, puede leerse como una contrarreacción a esa tendencia.
Sobre el futuro de Dimi, el cocinero anticipó que la idea es reabrirlo como un chiringuito de verano, con mesas en la vereda y funcionamiento estacional. “Cerramos Dimi para asegurarnos de que Ámbar ande fantásticamente bien y después volveremos a abrirlo”, concluyó.
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