Gastronomía

El helado de cereza a la crema, un sabor en extinción que resiste

Un fanático de este gusto poco popular reflexiona sobre su vigencia y su posible desaparición de las heladerías argentinas.

Redacción3 min de lectura
El sabor de la cereza

Hay pocas cosas en la vida que se disfruten más que un helado. No pasa un día sin desear reencontrarse con su dulzura, tan sedosa y glacial. No importa si es invierno o verano: siempre se lo quiere.

En la cabeza de muchos se arman rankings subjetivos e indiscutibles: las tres mejores heladerías artesanales de Buenos Aires, las cadenas más dignas o las marcas industriales menos peores. En un país tan dividido como la Argentina, hay una sorprendente concordia a la hora de elegir gustos: según la cámara de helado artesanal, seis de cada diez argentinos prefieren dulce de leche, chocolate y frutilla, en sus distintas versiones.

Pero ¿qué pasa con los que no integran ese grupo tan grande? ¿Los que se inclinan por opciones que, a menudo, avergüenza revelar en público? ¿Los que, en medio de una reunión, sugieren un sabor casi en un murmullo porque saben que les espera el escarnio público y una lluvia de insultos crueles disfrazados de bromas?

Es hora de sincerarse y llamar a las cosas por su nombre. Andrés, de 42 años, confiesa que su helado favorito es la cereza a la crema.

Como tantas obsesiones tempranas, ignora el momento exacto en que este gusto se metió en su vida. Solo sabe que lo acompañó en las distintas etapas de su crecimiento: en el vasito de una bocha de su primera infancia, el cucurucho de su adolescencia y el vaso de cuarto de su vida adulta. Reconoce las virtudes de otros sabores –el ocasional chocolate con almendras, el pistacho, el súper dulce de leche–, pero para él solo sirven como acompañantes, meras guarniciones para este plato principal color rosa chicle, casi fluorescente.

Para el paladar con ínfulas de sofisticación, el helado de cereza puede resultar muy artificial. Abundan quienes lo definen como “gusto de vieja” o “gusto de nene”, además de cuestionarlo por “empalagoso”. Es cierto: las cerezas en almíbar o estilo marrasquino que se usan para su elaboración nada tienen que ver con el sabor original de esa fruta. Poco importa, no conoce aún la burla o el argumento que puedan arrancarlo de su hechizo. Muchas cosas que disfrutaba en la niñez –VideoMatch, los libros de Elige tu propia aventura, el algodón de azúcar– no sobrevivieron al paso del tiempo, pero su favoritismo por este sabor sigue ahí, con una vigencia tan enigmática como inalterable.

Que nadie le venga a hablar de la menta granizada, un gusto infinitamente más popular, con partidarios y detractores tan numerosos como insufribles. En términos futbolísticos: si la menta es un equipo grande, como River o Boca, la cereza es Alianza de Cutral-Có, una modesta escuadra patagónica desconocida para gran parte de la afición. Jamás escuchó a otra persona pedir cereza en las decenas de heladerías que visitó a lo largo de treinta y pico de años. Alguna vez pensó que quizá era el único que lo solicitaba, aunque es improbable.

¿Puede extinguirse un gusto de helado? Resulta que ese tipo de cosas suceden. Cincuenta años atrás, existían sabores como “tocino del cielo” –con vainilla, yemas de huevo y caramelo de azúcar– o “Málaga” –con pasas de uva y vino–, que por cuestiones de precio o cambios de tendencia en el consumo, dejaron de fabricarse.

¿Y si la cereza sigue el mismo camino? Pensó en eso la semana pasada, cuando visitó una –otrora– famosa heladería de Palermo que solía frecuentar hace algunos años. Descubrió con pesar que la eliminaron de su menú y que ahora también venden pizza de pepperoni, tal vez para complementar la baja estacional de las ventas. Se conformó con pedir un cuarto de frutilla a la crema, banana split y pistacho de una calidad aceptable, y se despidió como quien abandona a un amigo con quien ya no comparte nada.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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