Economía Agrícola

Nelson, el jubilado de 62 años que cría gallinas en Ushuaia y produce huevos azules

Junto a su esposa cuida 115 gallinas adaptadas al frío patagónico, las traslada según la estación y abastece a restaurantes premiados de Ushuaia.

Redacción••4 min de lectura
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Nelson, el jubilado de 62 años que cría gallinas en Ushuaia y produce huevos azules

Nelson Ginter, de 62 años, y su esposa María Alejandra Pirchio, de 59, crían 115 gallinas ponedoras en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, y producen huevos de tonos azulados gracias a una genética desarrollada por el INTA para climas extremos. La producción, que nació como pasatiempo, hoy abastece a restaurantes de alta cocina fueguina.

El matrimonio reparte las aves entre su casa en la ciudad y un lote en Punta Paraná, a 82 kilómetros, sobre el Canal de Beagle. El frío patagónico obliga a una logística exigente: en verano las gallinas quedan sueltas en el campo y en invierno vuelven a Ushuaia para que los huevos no se congelen.

Ginter no nació en la Patagonia. Creció en un pueblo a 90 kilómetros de Bahía Blanca, donde sus abuelos tenían campo. “Yo no me crié en el campo, pero mis abuelos tenían campo y estaban muy cerquita de nosotros, entonces toda la vida estuve en contacto con animales”, contó en una entrevista.

Llegó a Tierra del Fuego en 1989, cuando trabajaba para la entonces estatal Entel y pidió el traslado al sur. Pasó a Telefónica, volvió a Buenos Aires en 2001 y en 2011 regresó definitivamente. “Vendí todo lo que tenía y me vine de vuelta”, relató. Después manejó un camión durante 14 años por las rutas heladas hasta su reciente jubilación.

La relación con las gallinas empezó en los años noventa. “Empecé con las gallinas comunes por 1991 o 1992”, recordó. El salto llegó con el INTA, que comenzó a distribuir ponedoras adaptadas a la zona. “Primero nos dieron diez; al otro año, 25, y después, 60. Llegué a tener 120”. En su mejor momento albergó 160 aves, pero el crecimiento urbano de Ushuaia lo obligó a achicar la producción por falta de espacio.

El manejo estacional es la clave del sistema. En verano traslada la mayor parte de las aves a Punta Paraná. “A la tarde las suelto por todo el campo. Son gallinas felices, como les dice la gente, y muy felices”, afirmó. En invierno el paisaje se vuelve hostil: “Se pone muy jodido: tenés que cruzar la montaña. Está todo congelado, lleno de nieve. Hay subidas con hielo y se complica muchas veces”.

El problema central es la falta de infraestructura térmica en el campo. “Allá en el invierno no tengo calefacción donde están las gallinas. Se congelan los huevos y se rompen. Así que en el invierno me las traigo a Ushuaia y en el verano me las llevo para el campo”, explicó. En la ciudad las aves reciben luz artificial y cuidado permanente de la familia.

La rutina invernal no da respiro. “Acá en Ushuaia les pongo luz y estoy todo el día. Puedo sacar los huevos a medida que los van poniendo. Si los dejás de un día para el otro, se congelan, revientan y no sirven”, detalló. Además cambia el agua de los bebederos varias veces por día para que no se solidifique y acondiciona los pisos con viruta para frenar el viento gélido.

El resultado biológico tiene origen en los laboratorios del INTA Pergamino, donde los especialistas cruzaron aves resistentes con la raza Araucana. “Es una gallina que generó el INTA para la zona fría, una gallina adaptada”, subrayó Ginter. Esa genética explica los huevos azulados: “La gallina negra del INTA que no es para esta zona no pone huevos azules. Pero acá, como tiene genética de la Araucana, tengo tres que los ponen”.

Los costos son otro frente de batalla. “Sale más caro el transporte que la bolsa de alimento”, calculó. Una bolsa de 25 kilos que en la provincia de Buenos Aires cuesta unos $17.000, en Ushuaia llega a $35.000. Sus 115 gallinas consumen cerca de dos bolsas cada dos días. Pese a la escala, comercializa un promedio de 22 maples por semana.

La venta creció de boca en boca. “No hago mucha propaganda porque todo se hizo de boca en boca. Gracias a Dios, tengo muy buenos clientes”, celebró. Hoy abastece a Kalma Restó, ganador del Prix de Baron B, y a Crujiente, segundo en el mismo certamen. Como en otras producciones del país que apuestan a la genética y el manejo, el caso muestra cómo el conocimiento técnico y el oficio pueden sostener una actividad rentable en condiciones adversas.

La experiencia también dialoga con los debates sobre manejo productivo y sanidad animal y con las dificultades logísticas que enfrentan los productores alejados de los grandes centros, un tema recurrente en la Patagonia.

Por qué importa

El caso muestra cómo la genética del INTA y el manejo estacional permiten producir alimentos de calidad en condiciones extremas, aunque los costos logísticos de la isla complican la rentabilidad de los pequeños productores fueguinos.

Qué sigue

Con Ginter ya jubilado, la continuidad del emprendimiento depende de la familia y de resolver la falta de espacio e infraestructura térmica en Punta Paraná, dos limitantes que el propio productor señaló como los principales.

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