Gastronomía

Villa Crespo, el barrio que se convirtió en polo gastronómico de Buenos Aires

Tony Wu, Julia Restaurante y Trescha son algunas de las mesas que transformaron las calles del barrio porteño.

Redacción3 min de lectura
El barrio que revolucionó la gastronomía porteña

Villa Crespo dejó atrás su perfil de barrio industrial para consolidarse como uno de los polos gastronómicos más dinámicos de Buenos Aires. En pocas cuadras conviven bodegones con décadas de historia, cantinas de cocina china y restaurantes de autor que atraen comensales de toda la ciudad.

El fenómeno combina la herencia de los inmigrantes que se instalaron en la zona con una nueva generación de cocineros formados en Europa y en las cocinas más exigentes del país. Las fábricas de calzado sobre Murillo y los talleres de Warnes ahora comparten paisaje con librerías independientes, galerías y tiendas de diseño.

Uno de los casos más visibles es Tony Wu, una cantina china en Loyola 851 creada por el equipo de Cang Tin, con José Delgado y Thomás Nguyen al frente. La propuesta respeta las raíces chinas sin nostalgia: luces LED, música Hi-Fi y una barra frente a los woks conviven con recetas taiwanesas, clásicos de Sichuan y preparaciones de la cocina chino-americana.

La carta incluye pastel de nabo con salchicha china, flan cantonés de huevo salado al vapor, mapo tofu con pimienta de Sichuan y kung pao de pollo o langostinos. La especialidad de la casa es la barbacoa típica de Hong Kong, con carnes marinadas durante días y asadas colgadas en hornos especiales. El plato que justifica la visita, según la crítica, es el pato rostizado con crêpes caseras, pepino, verdeo y salsas de jengibre y ciruela.

A pocas cuadras, en Loyola 807, funciona Julia Restaurante, el proyecto personal de Julio Martín Báez. El cocinero se formó en el hotel Sofitel Recoleta, hizo una pasantía con Mauro Colagreco en Mirazur y pasó por el bistró Bis, de Gonzalo Aramburu. Abrió su local en 2019 y hoy practica junto a Sol Peretti una cocina estacional que combina etiquetas de grandes bodegas y pequeños productores.

Entre los platos que se destacan aparecen las cholgas con chips de papines y escabeche, la carbonara de cordyceps con trufas de Espartillar y la pesca del día con pallares, arvejas, perejil y verdeo. La ensalada de hojas de crisantemo, hoshigakis y avellanas resume la apuesta por las verduras crudas en primer plano, una rareza en el fine dining local.

El tercer nombre que marca el presente del barrio es Trescha, abierto en 2024 por Tomás Treschanski cuando tenía 25 años. El cocinero trabajó en fogones de Europa y volvió con una obsesión por el detalle. En su restaurante los alimentos se esferifican, cristalizan, prensan y emulsionan, pero la técnica aparece al servicio de una idea y no como demostración.

En la test kitchen del primer piso funciona un laboratorio creativo donde conviven rotovaporadoras y fermentaciones ancestrales. Allí se prueban aromas, texturas y combinaciones antes de que cada plato llegue a una vajilla diseñada por Santiago Lena y Teresa Garay. El menú degustación de siete pasos sale de un espacio mínimo, una particularidad que sorprende a quienes conocen la operación.

El avance de estas propuestas convive con la identidad del barrio, que nunca terminó de parecer nuevo. Los clubes, los cafés y las veredas anchas siguen ahí, aunque ahora compartan vereda con restaurantes por los que más de uno cruza media ciudad. Villa Crespo siempre fue hospitalario con las mezclas, y la gastronomía lo confirma.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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