Psicología

Alta sensibilidad: el rasgo que afecta a una de cada cinco personas y casi nadie detecta

Una ingeniera y psicóloga argentina descubrió a los 40 años que su intensidad emocional no era un defecto sino un rasgo biológico hereditario.

Redacción••5 min de lectura
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Alta sensibilidad: el rasgo que afecta a una de cada cinco personas y casi nadie detecta

A los 14 años, en la esquina de Las Heras y Austria, Sigrid Dziwak se quedaba inmóvil al ver cruzar a una pareja de ancianos tomados de la mano o al cruzarse con la mirada desamparada de un perro callejero. Sentía un nudo instantáneo en la garganta y una marea de lágrimas que sus compañeros de colegio jamás lograban comprender. Para la mirada externa era una tarde cualquiera en la ciudad; para ella, el mundo vibraba a un volumen ensordecedor.

Durante décadas se sintió "rara", desajustada, como si hubiera venido al mundo con una falla de fábrica en el sistema de filtros emocionales. Ya de adulta, cada encuentro familiar multitudinario se convertía en una odisea silenciosa: conversaciones a los gritos, risas estrepitosas y una vorágine de estímulos que la sobrepasaban. Su mecanismo de defensa era inventar recorridos de supervivencia: escapar al baño incontables veces, sentarse en el piso a jugar con las mascotas o refugiarse con los niños pequeños.

"Todo lo que me pasaba, pasaba por dentro. Y ahí quedaba, salvo por lo que lograba canalizar en las variadas artes que practicaba desde que tengo memoria: la escritura, el dibujo, la lectura, la danza", confiesa. Hija de quienes fueron los primeros universitarios de un linaje de sobrevivientes, el mandato que la guió de chica fue aprovechar todo lo que se le había dado.

En medio de esa búsqueda interna que llevaba años en diversos espacios terapéuticos, se sumó a un programa con la doctora Margaret Paul sobre la terapia del niño interno (Inner Bonding). Desbordada por la incomodidad física y mental que le provocaban los eventos sociales ruidosos, planteó su inquietud en el foro grupal. Esperaba tácticas concretas, una lista de herramientas rápidas para tolerar los almuerzos multitudinarios. La especialista le devolvió una respuesta que la descolocó: pedirle a su mamá que le describiera cómo era ella a los dos o tres años y leer The Highly Sensitive Person, de la doctora Elaine Aron.

"Recuerdo haberme sorprendido mucho: ¿cómo? ¿Esto no es tan simple? Acostumbrada a la lógica corporativa de plantear un problema y buscar la solución más efectiva, su respuesta en forma de tarea me descolocó. Pero así como sentí sorpresa, también sentí entusiasmo y curiosidad", relata.

La imagen que le devolvió su madre era la de una nena introspectiva, dueña de un mundo de fantasía gigante, que no se animaba a dar un paso si no era escondida detrás de su hermana. Una niña justiciera que hacía preguntas existenciales profundas, a la que le costaba conciliar el sueño porque la cabeza le daba mil vueltas. Respondía con precisión al temperamento de aclimatación lenta: necesitaba observar, pausar y adaptarse despacio a cada nuevo entorno.

Ese retrato parecía el opuesto absoluto de la mujer que lo recibía. En aquel momento, su vida transcurría a un ritmo vertiginoso en el mundo corporativo. Se desempeñaba como directora de área, viajaba con frecuencia por trabajo, subía a escenarios multitudinarios y oficiaba como vocera de una compañía de primera línea, inmersa en un clima hipermasculino y de máxima autoexigencia. Había estudiado actuación para construirse una máscara funcional y encajar sin desentonar.

"El costo corporal y mental que pagaba por sostener ese camuflaje era total. Vivía con dolores físicos y bajando las defensas a cada rato. Durante las exposiciones públicas me ardían físicamente las orejas por el pico de estrés y quedaba completamente filtrada. Tenía que escaparme a un baño o encerrarme en el auto para poder respirar y recomponerme antes de volver a producir", detalla.

La revelación definitiva ocurrió durante un vuelo a Perú para visitar a su hermana. En su bolso llevaba el ejemplar recomendado de Aron. Aunque las primeras páginas le generaron resistencia, en pocos capítulos la coraza se desmoronó. Las lágrimas comenzaron a caer de manera ininterrumpida a medida que subrayaba párrafos enteros. No había ninguna enfermedad ni defecto: todo lo que había experimentado tenía un fundamento biológico.

Aquello que descubrió no es un cuadro psicopatológico ni una etiqueta psiquiátrica. Se trata de la Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS), un rasgo temperamental, innato, biológico y hereditario que viene inscripto en el ADN. No discrimina género y está presente en aproximadamente el 20% de la población mundial, lo que equivale a una de cada cinco personas. Sin embargo, ese mismo grupo ocupa cerca del 50% de las consultas en ámbitos terapéuticos, una cifra que refleja el impacto de intentar encajar en una sociedad construida a la medida del otro 80%.

Tener alta sensibilidad no significa poseer ojos u oídos superpoderosos, sino contar con un sistema nervioso central que procesa la información entrante de una manera cualitativamente más profunda. Quienes conviven con este rasgo perciben con nitidez matices ambientales sutiles, microgestos en las conversaciones, fluctuaciones en los climas emocionales, luces intensas, texturas, ruidos de fondo y olores que para el resto pasan inadvertidos. Ese procesamiento profundo, sostienen los especialistas, es también el que explica por qué muchas de estas personas llegan a la consulta psicológica con diagnósticos previos de ansiedad o depresión que en realidad encubren un rasgo y no un trastorno.

La historia de Dziwak se inscribe en una conversación más amplia sobre cómo se aborda el malestar emocional en los consultorios argentinos y sobre cuánto pesa todavía el mandato de "ir para adelante" que ella misma menciona. Ingeniera y psicóloga, hoy dedica su trabajo a acompañar a otras personas a comprender su propio diseño, escribe sobre el tema y comparte en redes su experiencia como madre de un hijo con el mismo rasgo.

Por qué importa

La alta sensibilidad es un rasgo biológico que afecta a una de cada cinco personas, pero suele confundirse con ansiedad o depresión y derivar en diagnósticos erróneos. Reconocerlo cambia el abordaje terapéutico y laboral de millones de argentinos.

Qué sigue

El desafío es que la SPS se incorpore como categoría en la formación de psicólogos y médicos, para evitar tratamientos que apunten a corregir un rasgo en lugar de acompañarlo.

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