Economía Agrícola

Silvana y Jorge volvieron a la chacra familiar de Neuquén y la sostienen con dos sueldos

La pareja se mudó hace tres años a tres hectáreas heredadas en el límite entre Centenario y Vista Alegre y combina empleos en educación con animales y alfalfa.

Redacción••3 min de lectura
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Silvana y Jorge volvieron a la chacra familiar de Neuquén y la sostienen con dos sueldos

Silvana Aiello y Jorge Stelrrig viven desde hace tres años en una chacra de tres hectáreas sobre la calle 9, en el límite entre Centenario y Vista Alegre, provincia de Neuquén. La tierra la heredó ella de su padre y forma parte de una historia familiar ligada al lago Pellegrini, la fruticultura y los canales de riego del Alto Valle. Ambos conservan sus empleos en educación y dedican las tardes y los fines de semana a los animales, la alfalfa y los proyectos productivos.

La pareja se conoció hace 19 años en la puerta del colegio al que llevaban a sus hijos. Los dos venían de familias chacareras y compartían el deseo de volver a una vida marcada por la tierra. Cada ingreso disponible se convertía en cemento, hierro o ladrillos, y la construcción avanzó durante años hasta que les permitió mudarse.

Silvana trabaja como secretaria en la EPET N° 2 desde hace casi dos décadas. Jorge es empleado del Distrito de Educación N° 6. La jornada no termina cuando salen de esos puestos: en la chacra atienden gallinas, conejos y alfalfa. Su hijo Lucas, de 17 años, armó una incubadora y desarrolla sus propios proyectos de cría mientras estudia para técnico mecánico.

La tierra no llegó como una unidad productiva intacta. La familia Aiello había trabajado manzanas y peras y estuvo vinculada al galpón Los Arrayanes. Malas temporadas, granizo y falta de capital terminaron con los frutales. Silvana recuerda la imagen de los árboles arrancados y una chacra que quedó vacía hasta que su padre, Ricardo, buscó otras actividades: mecánica, animales, quinta y alfalfa.

“Nunca tuvieron ayuda, se manejaron siempre como pudieron. Después de tener peones, de tener gente en el galpón, se terminaron fundiendo porque no nos fue bien con la fruta, como a todo el mundo”, recordó Silvana en una entrevista.

Ricardo murió hace un tiempo, pero dejó una enseñanza que su hija repite: “Si tenés un pedazo de tierra, tenés que trabajarlo”. Y agrega: “Se lo extraña mucho. De todas, creo que fui la única que sigue por ese camino. Pero me encanta”.

La ecuación familiar cambió respecto de la generación anterior. Antes, la producción podía sostener a quienes vivían en el campo. Hoy, Silvana y Jorge usan parte de sus salarios para contratar tareas, alimentar animales y mantener la propiedad. “Ahora uno tiene su trabajo”, explicó ella al describir una rutina que continúa por la tarde y durante los fines de semana.

Jorge había criado cerdos y vendido lechones antes de la mudanza. En la chacra llegaron a manejar entre 150 y 300 animales para las fiestas de fin de año. Ahora trabajan en una escala menor, con conejos, gallinas y pollos. Lucas crió 600 pollos parrilleros en un emprendimiento propio y proyecta estudiar veterinaria.

El horizonte no consiste en reconstruir exactamente el pasado. Jorge quiere volver a plantar frutales, sumar viñas, aprovechar las orillas de las acequias y crear producción para vender en el lugar. La familia participa de reuniones de agroturismo y analiza nuevas quintas y usos del abono de conejo. “Mi cabeza está en algo lindo”, dijo él.

El caso se suma a otras experiencias de regreso al campo que combinan trabajo fuera del predio con producción propia, como la abogada que volvió al campo familiar o los cambios tecnológicos que atraviesan a los tambos. El legado no se conserva como una foto: cambia con los horarios, el presupuesto y los conocimientos de una nueva generación.

Por qué importa

El caso muestra cómo las chacras del Alto Valle se sostienen hoy con salarios externos: la producción ya no alcanza para vivir y el regreso al campo depende de ingresos urbanos. Es la realidad de muchas familias chacareras de Neuquén y Río Negro.

Qué sigue

Jorge planea replantar frutales, sumar viñas y vender producción en el predio, mientras la familia analiza nuevas quintas y usos del abono de conejo. Lucas, en tanto, proyecta estudiar veterinaria y ampliar su criadero.

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