Lana, la parrilla argentina en Madrid con seis meses de espera: los hermanos Narvaiz y su decisión de no crecer
Abrió en 2022 con 35 cubiertos en el barrio de Chamberí y hoy recibe clientes de todo el mundo que viajan solo para comer allí.

Una parrilla argentina se convirtió en uno de los restaurantes más buscados de Madrid. Se llama Lana, abrió en enero de 2022 con apenas 35 cubiertos por servicio y hoy acumula listas de espera de hasta seis meses para conseguir una mesa. En algunos momentos, la demanda llegó a 700 personas para esos mismos 35 lugares.
El local está en Ponzano, una de las calles gastronómicas más conocidas de Chamberí, el barrio castizo en el corazón de la capital española. Allí, entre tabernas y restaurantes, los hermanos Martín y Joaquín Narvaiz Fernández construyeron un lugar que no piensa ampliarse.
Ellos podrían crecer. Pero eligen no hacerlo. “Hay restaurantes que tienen alma y esa alma es muy difícil de reproducir”, dice Martín. Para los hermanos, sumar mesas sería poner en riesgo aquello que hizo único al proyecto.
Martín llegó a España a los 18 años. Joaquín lo hizo cinco años después. Antes de Lana trabajaron juntos en distintos restaurantes y aprendieron el oficio desde adentro. Buena parte de la identidad del lugar viene, sin embargo, de mucho antes: de su infancia en la Argentina.
Crecieron entre los rollos de lana que se almacenaban en el galpón de la estancia La Azucena, en Tandil, donde trabajaban sus padres y cada año se esquilaban más de 8000 ovejas. De aquella vida en el campo también se llevaron el calor de un hogar y una manera de recibir que hoy aparecen, transformados, en Lana.
Su madre era una anfitriona extraordinaria. Para ella, recibir significaba preparar la mejor comida, poner la mesa con cuidado y hacer sentir al otro como en casa. Su padre les dejó otras dos enseñanzas que Martín considera fundamentales: la honestidad y el trabajo.
Cuando crearon Lana, quisieron recuperar algo de aquella atmósfera. Por eso, al entrar, lo primero que aparece es el fuego de la parrilla. Después, la madera de los pisos, la luz tenue y las paredes blancas, pintadas con cal. La decoración busca reproducir la calidez de aquella casa de campo, incluso con maderas recuperadas que encontraron en España y Francia.
En esta parrilla la carne no se elige de una carta. El comensal se acerca a una mesa donde están expuestas las piezas disponibles y las mira como quien entra en una boutique. Hay distintos cortes, razas, niveles de maduración y proporciones de grasa. Puede haber varios ojos de bife para elegir, y la diferencia está en el marmoleo, en la infiltración y en la textura de la grasa.
Hay carne argentina, por supuesto, pero también española. La propuesta combina los dos mundos: actualmente, los cortes argentinos llegan principalmente sin hueso, mientras que buena parte de las piezas con hueso y las carnes maduradas son españolas. La elección empieza por los ojos. Después llega el fuego.
La parrilla trabaja con leña y carbón. La primera aporta aroma; el segundo, la potencia necesaria para conseguir esa costra crujiente por fuera y mantener la carne jugosa por dentro. Y hay una regla que Martín tiene clara: “Tenemos un punto de cocción para cada uno de los cortes y no lo negociamos”.
La idea es que el comensal también aprenda. Martín explica por qué una grasa es más fina, qué tiene que ver con el animal y cómo se formó ese marmoleo. La mesa de carnes termina siendo parte del ritual. Los acompañamientos siguen la lógica del fuego: chalota, puerro, morrones, repollo y otras verduras pasan por la parrilla. Las papas se fríen en grasa vacuna. Los embutidos se elaboran localmente, con recetas propias.
Y después está el flan. Es el recuerdo del que hacía su madre en una cocina económica a leña, a baño María. Para recrearlo utilizaron técnicas actuales y trabajaron especialmente sobre la textura. Querían volver a esa sensación que Martín conserva de cuando era chico.
Desde marzo de 2022, cuenta Martín, prácticamente no tuvieron una mesa libre. Primero llegaron los clientes de Madrid. Después, los de otras ciudades españolas. Finalmente, comenzaron a llegar personas de otros países. Algunos organizan su viaje a Madrid alrededor de una comida en Lana. Otros hacen algo todavía más llamativo: viajan exclusivamente para comer en el restaurante y después se vuelven a casa.
La lista de espera se alimenta de quienes quieren comer en una fecha determinada y esperan que se libere una mesa. Mientras tanto, los hermanos mantienen su decisión original: conservar la escala. Para Martín, el alma del restaurante está en la hospitalidad. En conseguir que alguien entre por la puerta sin saber exactamente qué va a encontrar y salga pensando que ya quiere volver.
Joaquín es el diseñador de la experiencia del vino. Lana reúne más de 2000 etiquetas entre vinos y champagne: alrededor de 1500 de vino y entre 300 y 400 de champagne. La apuesta por Argentina es especialmente fuerte y la bodega está refrigerada para conservar las botellas bajo condiciones controladas desde su origen hasta la mesa.
El vino tampoco sigue un recorrido predeterminado. Preguntan qué quiere comer el cliente, cómo se siente ese día y qué tiene ganas de tomar. A partir de ahí construyen un traje a medida. Una carne puede acompañarse con un tinto, pero también con un blanco o un champagne.
Para quienes planeen una escapada a Madrid, el dato es concreto: si la idea es comer en Lana el año que viene, quizás ya sea momento de empezar a pensar en la reserva.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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