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Psicología: cómo la infancia de los años 50 forjó una generación más resiliente

Los chicos criados en esa década crecieron sin la expectativa de que la vida les debía algo, y la ciencia explica por qué eso marcó su forma de afrontar los problemas.

Redacción••3 min de lectura
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Psicología: cómo la infancia de los años 50 forjó una generación más resiliente

Quienes crecieron durante la década de 1950 atravesaron una infancia marcada por expectativas familiares y sociales muy definidas: cumplir responsabilidades, respetar las normas y aprender a resolver problemas por cuenta propia. Según la psicología, esa combinación de exigencias cotidianas y ausencia de una red de contención inmediata moldeó una forma particular de afrontar las dificultades, más apoyada en la persistencia que en la búsqueda de ayuda externa.

La clave, sostienen los especialistas, no fue la gravedad de las dificultades sino su magnitud y el hecho de que nadie se apuraba a resolverlas por ellos. Un chico se raspaba la rodilla y descubría que el dolor pasa; se perdía volviendo a casa y encontraba el camino; fracasaba en algo y el mundo seguía girando. Esa experiencia repetida de la propia capacidad es la que ninguna cantidad de consuelo puede replicar.

El psicólogo Donald Meichenbaum desarrolló el concepto de entrenamiento de inoculación del estrés, inspirado en la inmunología: así como una vacuna introduce una dosis pequeña y controlable de un patógeno para generar defensas, la exposición a factores estresantes pequeños y controlables puede fortalecer la resiliencia psicológica. Pero la dosis importa. Demasiado estrés sobrecarga el sistema; muy poco, y no se desarrolla nada.

En la misma línea, el psicólogo Julian Rotter introdujo en los años 50 el concepto de locus de control, que describe el grado en que las personas creen que sus propias acciones dan forma a lo que les sucede, en contraposición a atribuir los resultados a la suerte, el destino o las decisiones de otros. Quienes tienen un locus de control interno fuerte tienden a ser más persistentes, estar más motivados y mejor preparados para afrontar los contratiempos.

Las investigaciones registraron además un cambio generacional significativo hacia la externalización: el estudiante universitario promedio de la década de 2000 obtuvo una puntuación en el percentil 80 de la distribución original de 1960. Lo que antes se consideraba una orientación marcadamente externa hoy se acerca más a la norma. Ese corrimiento no ocurrió de un día para el otro, sino a medida que cada generación se encontró con menos situaciones en las que el vínculo entre esfuerzo y resultado era claro y sin intermediarios.

Los chicos de los años 50 experimentaban esa relación de manera constante. Si no hacían el trabajo, veían las consecuencias; si lo hacían, veían la recompensa. No había aplicaciones para optimizar el proceso, ni padres que escribieran a los docentes, ni una red de seguridad que llegara antes de empezar. El resultado fue una generación que interiorizó, muchas veces sin darse cuenta, la creencia de que lo que hacía realmente importaba.

Conviene ser cauteloso con una versión simplista de este argumento, la que sostiene que la gente la pasó mal y por eso es mejor. Eso no es lo que demuestran las investigaciones. El emblemático Estudio Longitudinal de Kauai de Emmy Werner, que siguió a casi 700 niños nacidos en 1955 desde su nacimiento hasta la mediana edad, resulta esclarecedor: un tercio de los chicos de alto riesgo —nacidos en la pobreza, con disfunciones familiares o con padres enfermos— se convirtieron en adultos competentes, afectuosos y seguros de sí mismos.

Lo que los distinguió no fueron las dificultades en sí mismas, sino la presencia de factores protectores específicos: un fuerte vínculo con al menos un adulto estable, oportunidades para tomar decisiones y un temperamento que les permitió participar activamente en lugar de aislarse. Las dificultades por sí solas no generan resiliencia; de hecho, muchas solo quiebran a las personas. Lo que parece importar es que se presenten en un contexto donde el individuo tenga cierta capacidad para actuar, resolver y afrontar la situación.

Esa diferencia de base psicológica entre crecer esperando que las cosas se construyan y crecer suponiendo que la vida debería ser justa, cómoda y complaciente es la que los especialistas señalan como central. Como explica la psicología, ciertos gestos cotidianos también revelan patrones de conducta aprendidos en la infancia, y el modo en que cada generación los transmite ayuda a entender cómo se forma la manera de responder a los problemas.

Por qué importa

El debate sobre resiliencia y expectativas atraviesa la crianza actual: entender qué factores protectores construyen capacidad de afrontamiento ayuda a padres y educadores a distinguir entre exigir y acompañar.

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