Tomás Olivieri, coach ontológico: "Lo único que le da sentido a la vida es que existe la muerte"
El especialista en crisis vitales y duelos asegura que tomar conciencia de la finitud revela lo que el ritmo cotidiano oculta y vuelve la existencia más rica.

Tomás Olivieri, coach ontológico especializado en crisis vitales y duelos, sostiene que no hace falta atravesar una pérdida decisiva para reconectar con lo esencial. Según plantea, tomar conciencia de la finitud sin que suenen las alarmas es una oportunidad para descubrir una manera más plena de habitar la existencia. La muerte, lejos de empobrecer la vida, la vuelve más rica.
"Lo único que le da sentido a la vida es que existe la muerte", afirma Olivieri en una entrevista. "Porque si la muerte no existiera, viviríamos en un eterno existir y todo daría exactamente lo mismo". A partir de esa premisa, propone amigarse con lo transitorio para redescubrir esos milagros cotidianos que están frente a nosotros, pero que damos por sentado.
Para el coach, lo que aleja de esa comprensión es quedar atrapado en la rutina, la exigencia, la necesidad de controlar todo y de obrar de acuerdo con las expectativas ajenas. "Estamos tan preocupados por resolver lo inmediato que perdemos registro de lo importante", explica. Y agrega: "La finitud tiene una cualidad extraordinaria: revela aquello que el ritmo cotidiano oculta".
El ritmo de vida actual es frenético y salir de esa rueda no resulta sencillo cuando hay que trabajar para pagar las cuentas. Olivieri reconoce esa tensión, pero plantea que el afuera y el adentro van de la mano. En su caso, necesita dos horas temprano por la mañana para hacer silencio, leer, estudiar y estar consigo, algo que complementa con una jornada laboral intensa.
"Para preservar estos espacios es clave preguntarme: ¿qué estoy haciendo con mi tiempo? ¿Viendo Netflix hasta la una de la mañana?", señala. "Buscar esos momentos de quietud en el día es un ejercicio. Como ir al gimnasio". Para el coach, la clave del trabajo interior es la autobservación permanente: entender desde dónde se obra, si se reacciona a un estímulo que molestó o se responde desde un lugar más amoroso.
En esa línea, menciona un ejemplo cotidiano: cuando viene un plomero a casa a arreglar una canilla, conectarse primero con él como persona y no darle la indicación como un robot sin mirarlo a los ojos. "Dejar la agenda, por un rato, y estar disponible para el otro es un acto de humanidad", remarca.
Consultado sobre de qué manera pensar en la muerte ayuda a vivir con plenitud, Olivieri responde que permite dejar de procrastinar para ponerse al día con lo primordial. "Me entrena para poner el foco en ejercitarme a ser quien de verdad soy", asegura. Y apunta contra la lógica de vivir pendiente del qué dirán: "Es impresionante el valor que le damos a la mirada ajena".
Para el coach, el problema de fondo es educativo: nos educan para hacer, para luego tener y finalmente ser. "Y eso hace que valoremos a las personas por lo que hacen y por lo que tienen. Y en realidad debería ser al revés; primero ser, luego hacer y finalmente tener", plantea. ¿Tener qué? Paz, que es lo que quiere la gente al momento de morir y muy pocos lo logran.
Esa paz, sostiene, no es sencilla de alcanzar. El primer paso es preguntarse si uno es auténtico en todos los planos de la vida, si vive con propósito y sentido, si lo que hace está en línea con sus valores. Recuerda que hace unos años le ofrecieron un trabajo muy tentador en relación de dependencia, pero no resonaba con la tarea y sentía que iba a estar incómodo, por lo que no lo aceptó. "La decisión me trajo paz", afirma.
Olivieri también distingue entre el miedo a morir y el miedo a vivir. "Morir es fácil. Es un instante. Pero vivir demanda una cuota de coraje y de voluntad enorme", sostiene. Y explica: "Para vivir de verdad, tengo que morir al personaje que me construí". Cuando alguien inicia un proceso terapéutico con él y dice que su mayor miedo es a morir, pronto advierte que su temor no es a la muerte física, sino a conectar con eso que todavía está muerto dentro de él.
Sobre los arrepentimientos que suelen aparecer al final de la vida, cita a la enfermera de cuidados paliativos Bronnie Ware, que identificó cinco: no haber sido fiel a uno mismo, haber trabajado en exceso, no haber tenido el coraje de expresar lo que realmente se sentía, no haber invertido suficiente tiempo con los amigos y no haberse permitido ser feliz.
Para Olivieri, la felicidad es la consecuencia de vivir en un estado de conciencia que conecta con la finitud, no un fin en sí mismo. Quien quiera profundizar en estas ideas puede encontrar puntos de contacto con la reflexión de Eckhart Tolle sobre vivir el presente, o con la mirada de Noelia Pace sobre la muerte como transformación y no como fin.
Por qué importa
La nota invita a repensar cómo se usa el tiempo y qué lugar ocupan los vínculos en una rutina dominada por la exigencia. Para quienes atraviesan crisis vitales o duelos, ofrece una perspectiva sobre la finitud como motor de una vida más plena.
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