San Antonio de Areco, primer "Pueblo con Promesa" del país
En el año del centenario de Don Segundo Sombra, el pueblo bonaerense firmó un decálogo que le pide al visitante ir despacio y cuidar su identidad.

San Antonio de Areco se convirtió en el primer "Pueblo con Promesa" de la Argentina. El 30 de septiembre, en el histórico Salón Guerrico, vecinos, artesanos, autoridades municipales y la impulsora Maita Barrenechea firmaron la Promesa de San Antonio de Areco, un decálogo que invita al visitante a recorrer el pueblo con otro ritmo y a cuidar aquello que la comunidad quiere preservar.
El acto se enmarca en el año del centenario de Don Segundo Sombra, la novela de Ricardo Güiraldes publicada en 1926 que convirtió a un paisano real de Areco, Segundo Ramírez, en el arquetipo del gaucho. Hasta ahora, La Promesa Argentina era una firma individual: con este paso, Areco se transformó en la primera comunidad del país en adoptarla como propia.
"Esta es una promesa que nace desde el pueblo", dijo Barrenechea ante vecinos, artesanos y autoridades. "Areco es la primera comunidad del país en adoptarla. Y abre el camino para que otros pueblos se sumen", agregó.
El texto se llama "Un compromiso con nuestro pago" y arranca por lo que el pueblo considera suyo: una historia que sigue viva en las calles, en los oficios y en la gente. Nombra después los pilares de esa identidad, entre ellos el gaucho, la tierra, el trabajo y la palabra dada. Y le propone un trato a quien llega: que mientras esté en Areco, sea parte de aquello que la comunidad quiere preservar.
El decálogo tiene tres autoras. La artista Catalina Guerrico, Belén Güiraldes y Camila Álvarez Draghi salieron con la misma idea dando vueltas de la charla que Barrenechea había dado en mayo en el Salón Guerrico, invitada por la Municipalidad. "A mí lo que más me quedó es que los lugares no se conviertan en escenografías", recuerda Guerrico. "Cuidar la identidad, enseñarle al visitante a ser huésped".
Cada una escribió por separado. Guerrico, cuya obra está poblada de flora y fauna nativa, se ocupó de los artistas y la naturaleza, con una idea que La Promesa también usa como lema: uno no cuida lo que no conoce. Güiraldes aportó lo gauchesco y la tradición, que le vienen de familia. Álvarez escribió sobre el pueblo en sí, su calma y sus artesanos. Después se juntaron en la Dirección de Turismo con Carola Vieytes, Nora Lema y Lucía del Campo, integrante del Consejo Federal de La Promesa, y armaron el texto final.
"Lo que hicimos fue un decálogo para el visitante", explica Guerrico. No se trataba de fijar cómo debe comportarse el arequero, sino de ayudar al que llega a conectar con el lugar en vez de pasar, sacar la foto e irse. "Comprometerse y bajar unos cambios", dice. Y añade: "Bajar al ritmo del pueblo, básicamente fue eso".
Los diez puntos están escritos en primera persona. Algunos son previsibles en cualquier guía de turismo responsable: elegir lo local, conocer a los artesanos, cuidar la naturaleza sin modificarla. Otros tienen un tono más propio, casi de consejo de paisano. El segundo pide caminar con respeto e ir despacio. El séptimo, respetar los tiempos del lugar y "resguardar la mística de las calles".
En el evento que consagró la firma, el intendente Francisco Ratto eligió leer la primera parte de "Mi hospitalidad", uno de los textos de El libro bravo, de Ricardo Güiraldes. Es una prosa breve que empieza con una orden: "Sé hospitalario". Lo que sigue es casi un protocolo de campo. Cuando llegue el forastero cansado de camino, hay que salir a esperarlo más allá del umbral, tenderle la mano y no preguntarle quién es.
El poema avanza hacia el fuego. Pide sentar al visitante junto al fogón, arrimarle brasas a las botas embarradas y dejarlo hablar. La última línea es la que el pueblo eligió para cerrar su propia promesa: "Cuando se vaya llevará consigo el regalo de tu hermandad que mejora al hombre".
Maita retomó esa imagen en su discurso. "En Areco la tradición es un culto y la hospitalidad se respira. Siempre hay un lugar más en el fogón", dijo. Y dio vuelta la idea habitual del turismo responsable, que suele poner toda la carga en el que viaja: "Los buenos anfitriones forman buenos huéspedes". En esa lógica, la responsabilidad es compartida: a la comunidad le toca recibir bien, y al visitante, sumarse al cuidado de aquello que el pueblo quiere preservar.
Que el poema sea de Güiraldes no es un detalle. El escritor se crió entre las estancias familiares, entre ellas La Porteña, y en 1926 publicó Don Segundo Sombra, la novela que cumple 100 años y que convirtió a un paisano real de Areco, Segundo Ramírez, en el arquetipo del gaucho. Güiraldes murió en París en octubre de 1927, días después de recibir el Premio Nacional de Literatura. Cuando sus restos llegaron al pueblo, Ramírez estaba entre los paisanos a caballo que acompañaron el cortejo. En el cementerio, Leopoldo Lugones resumió la escena: era la primera vez que el personaje enterraba al autor.
A partir de ahí, la literatura se volvió política cultural. En 1938 se inauguró el Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes, impulsado por José Antonio Güiraldes, hermano del escritor e intendente. Un año después, una ley provincial instituyó el Día de la Tradición cada 10 de noviembre, con Areco como sede. Llegaron después las declaratorias: el casco histórico como Bien de Interés Histórico Nacional en 1999 y el título de Capital Nacional de la Tradición en 2015.
El turismo acompañó cada etapa. Primero las escapadas en auto desde Buenos Aires, después las estancias reconvertidas en hospedaje y días de campo, y más tarde una oferta gastronómica y hotelera que no paró de crecer. Hoy, en un pueblo de poco más de 26.000 habitantes según el censo de 2022, conviven el desfile tradicionalista y el paisano que madruga para arrear hacienda, los plateros de oficio heredado y los artistas que hibridan la tradición. Es un fenómeno similar al de otros destinos que crecen al ritmo del turismo, como Azcuénaga, el pueblo a 100 km de Buenos Aires que ya tiene 10 restaurantes.
Esa convivencia tiene sus tensiones. En 2013, la antropóloga Cecilia Pérez Winter documentó el uso del término "Gaucholandia" para criticar la puesta en escena de la tradición para consumo turístico. El decálogo arequero puede leerse también como una respuesta a ese riesgo. Pedirle al visitante que vaya despacio, que escuche a quienes viven ahí y que respete los tiempos del lugar es otra manera de decirle que Areco no es un decorado.
Por qué importa
Marca un cambio de enfoque en el turismo: la comunidad, y no solo el visitante, asume la responsabilidad de cuidar el lugar. Si el modelo funciona, otros pueblos pueden adoptarlo y frenar la conversión de los destinos en escenografías.
Qué sigue
La Promesa Argentina busca que otras comunidades sigan el camino de Areco. Habrá que ver si el decálogo se traduce en prácticas concretas y si más pueblos se suman al formato de "Pueblo con Promesa".
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