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Trump tras la derrota en las midterms: ¿pato cojo o pato rabioso?

El análisis de John Carlin sobre un presidente que habla de mármol y helipuertos mientras su partido pierde el Congreso y el mundo espera su reacción.

Redacción••4 min de lectura
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Trump tras la derrota en las midterms: ¿pato cojo o pato rabioso?

Donald Trump reaccionó como un chico que acaba de sufrir un trauma familiar y se refugia en la fantasía. El día después de la humillación electoral que sufrieron él y el Partido Republicano en las midterms, el presidente de Estados Unidos reunió a un grupo de periodistas para mostrarles el vasto salón de baile que está construyendo en la Casa Blanca. De lo que menos quiso hablar fue de política.

“El mármol es un mármol realmente magnífico”, explicó. “Es una vena que la gente ha estado buscando durante 50 años y el dueño de la cantera no lo quería vender, pero le caí bien.” Después llamó la atención de los presentes sobre otra reforma en la casa presidencial: “¿Han visto el nuevo helipuerto desde arriba, lo lindo que es?”. Fue, en los hechos, Nerón tocando la lira mientras Roma ardía.

La gran pregunta ahora es si Trump seguirá perdido en su mundo infantil durante los dos años y pico que le quedan en la presidencia o si reaccionará con su furia vengativa de siempre. Si será un pato cojo o un pato rabioso. La respuesta afecta menos a Estados Unidos que al resto del mundo.

Con el control de ambas cámaras en manos de la oposición demócrata, sus opciones en política interna quedan acotadas. Pero en política internacional la Constitución le otorga una capacidad de acción casi sin límites. El inicio de la guerra con Irán, por ejemplo, tomó al Congreso tan desprevenido como a los lectores de los diarios.

A esos poderes constitucionales se suma otra ventaja: al estadounidense medio le importa muy poco lo que pasa fuera de sus fronteras. Las encuestas de esta semana mostraron que la política internacional de Trump fue un elemento decisivo para apenas el 4 por ciento del electorado.

La decisión de aliarse con Israel para bombardear Irán cobró peso entre los votantes no por el sufrimiento causado a personas de carne y hueso en Irán o en el Golfo, sino por el impacto en la subida de los precios del diésel, de los Doritos y del costo de vida en general.

El principal motivo que dieron los votantes del país más rico del mundo para repudiar a Trump fue que su economía personal sufría. Con la inflación un poco más bajo control, se supone que la mayoría hubiera seguido apoyando al bufón criminal por el que votaron por segunda vez en 2024, incluso después de que intentara robar las elecciones de 2020 y evitar la transferencia pacífica del poder cuando incitó a una horda a invadir el Capitolio.

¿Los resultados de las midterms fueron “la victoria para la democracia” que tantos celebran? Seamos generosos y digamos que en parte sí. Pero ante todo confirmaron que en Estados Unidos todos los caminos conducen al dinero, en lo que consiste, marginando todo lo demás, aquella “búsqueda de la felicidad” que pregona como principio fundacional la declaración de independencia de 1776.

La felicidad, claro, de los estadounidenses. Salvo ese honroso cuatro por ciento, a pocos les importa que Trump haya eliminado miles de millones de dólares en ayuda internacional, condenando a la muerte por enfermedades curables a incontables africanos. Poco les importa que haya dado luz verde a su aliado de guerra Benjamin Netanyahu para masacrar niños palestinos. Poco les importa que se alíe con Rusia en la guerra de Ucrania, o que cientos de miles hayan muerto por el capricho de un tirano con el que mantiene relaciones más cálidas que con cualquier otro líder.

Poco les importa la guerra comercial contra Canadá, o que haya propuesto integrar al país vecino como estado número 51. Y poco le importará al propio Trump si China invade Taiwán. Todo esto, ahora que lo pienso, también les importará poco a muchos argentinos. Pero sí les podría importar, y mucho, si Javier Milei pierde las elecciones del año que viene y lo reemplaza un régimen menos del agrado de Trump.

La respuesta a la gran pregunta no invita al optimismo. Como mínimo, Ucrania seguirá abandonada a su suerte en la guerra que libra en nombre de Europa y del mundo en defensa de la democracia. La primera pista la dio Trump desde su debacle: nombrar a Stephen Miller como su nuevo jefe de gabinete.

Miller es lo más cercano que tiene Trump a un cerebro ideológico. Es el extremista más fanático de la corte del rey naranja. Racista como él solo en política migratoria, venera a Vladimir Putin y odia a Volodimir Zelenski. Sostiene que la invasión rusa no fue culpa de Putin sino de Joseph Biden. Y describió aquella vez que Trump humilló a Zelenski en la Casa Blanca como “uno de los grandes momentos de la historia de la diplomacia americana”.

Mientras Ucrania tiembla, muchos celebran “el principio del fin” de la era Trump. No. Más bien, citando a Winston Churchill, es el fin del principio. Lo dijo en noviembre de 1942. Todavía quedaban más de dos años de horror.

Por qué importa

Con el Congreso en manos demócratas, la política interna de Trump queda acotada, pero en el plano internacional conserva un poder casi sin límites. El nombramiento de Stephen Miller como jefe de gabinete anticipa una línea dura que afecta a Ucrania y al resto del mundo.

Qué sigue

Habrá que seguir la letra chica de los primeros nombramientos del nuevo gabinete y el rumbo de la ayuda a Ucrania. La reacción de Trump ante un Congreso opositor definirá si su segundo tramo es de parálisis o de venganza.

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