Historia

Avenida Alvear: la historia de la calle más aristocrática de Buenos Aires

Perdió palacetes y mansiones, pero sigue siendo el epicentro residencial más selecto de la ciudad y conserva su elegancia porteña.

Redacción••4 min de lectura
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Avenida Alvear: la historia de la calle más aristocrática de Buenos Aires

La avenida Alvear es considerada desde hace más de un siglo el epicentro residencial más selecto y elegante de Buenos Aires. Aunque perdió la mayoría de sus palacetes y mansiones, todavía conserva un encanto que remite a tiempos pasados y reúne a la élite porteña en torno a sus veredas y balcones.

Por sus cuadras pasaron el mail coach del barón Gastón Peers rumbo a los bosques de Palermo, las procesiones religiosas con balcones embanderados, las marchas políticas y los desfiles patrios que marcaron la vida social de la ciudad durante décadas.

En el jardín de Benigno Ocampo se encendió la primera lámpara regeneradora de Siemens, en Av. Alvear 1708, en 1882. Años más tarde, las luminarias agasajaron al presidente brasileño Getúlio Vargas cuando se alojó en lo de Pereda, en 1935. La infanta Isabel de Borbón saludó desde el balcón de los de Bary durante las fiestas del Centenario, en Av. Alvear 1641/71, y el cardenal Pacelli ingresó a lo de Adelia Harilaos de Olmos durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de 1934, en Av. Alvear 1605.

El estadounidense Elihu Root, futuro Premio Nobel de la Paz, se retiró de la casa cedida por el matrimonio Llobet-Casares, en Av. Alvear 1780, en 1906. También la avenida fue testigo del paso del príncipe Eduardo de Gales, en Av. Alvear y Cerrito, en 1925, y de su regreso junto a su hermano Jorge, en Av. Alvear 1845, en 1931, frente a la antigua residencia de los Drysdale, devenida en Embajada Británica.

La primera muestra de arte se realizó en lo de Alexander Hume, en Av. Alvear 1693, en 1893. Una fiesta oriental se celebró en los jardines de María Unzué, en Av. Alvear 1385, en 1912, y Rodolfo Pirovano organizó un almuerzo en homenaje al príncipe João Maria de Orleans y Braganza, en Av. Alvear 1678, en 1953. La inauguración del Alvear Palace Hotel, en 1932, sorprendió por su clientela cosmopolita: Walt Disney, la reina Sofía de España, Francis Ford Coppola, Vladímir Putin y Sean Connery, entre otros.

Con sus fachadas que alternan franjas de ladrillo visto con revoque símil piedra París y pronunciadas mansardas de pizarra, los palacios Maguire y Hume son los últimos sobrevivientes de una estirpe perdida.

Un modesto comienzo

La apertura de la avenida se dio por tramos, a medida que los dueños de las quintas cedían las franjas de terreno necesarias. En el Plano de Cristóbal Barrientos de 1772 era una calleja sin nombre que nacía a la altura de Libertad y recorría escasos metros dentro de la quinta "Los Olivos" de Martín de Altolaguirre, donde se criaban gallinas, se recogían duraznos y se cebaban mates bajo las higueras.

En el plano de Adolfo Sourdeaux de 1853, "Los Olivos" pertenecía a Thomas Whitfield y la calle seguía sin novedad. En el de Pedro P. Uzal de 1879 ya tenía nombre: Progreso. Se extendía desde Carlos Pellegrini hasta Rodríguez Peña. En el de J. B. A. Bianchi de 1882 se llamó Bella Vista y discurría desde Cerrito hasta la Bajada de la Recoleta.

Durante la gestión del intendente Torcuato M. de Alvear se llevó a cabo una remodelación urbana que significó un antes y un después en el barrio. Varios vecinos propusieron que la calle Bella Vista llevara su nombre, pero él prefirió homenajear a su padre, figura clave de la Independencia. La Ordenanza del 31 de enero de 1883 la designó formalmente Carlos María de Alvear.

El surgimiento del nuevo barrio estuvo marcado por la llegada del Ferrocarril del Norte y de tres líneas de tranvías de tracción a sangre, las epidemias de cólera y fiebre amarilla que provocaron un éxodo del Sur al Norte, la gestión del intendente Alvear, el desarrollo inmobiliario y un cambio en las costumbres de la élite, que empezó a mirar a Europa.

Quedaron atrás las casonas hispano-coloniales de patios, las rondas de mates y la sobriedad criolla. Surgieron residencias opulentas, el five o'clock tea y la sofisticación europea. La moda era el eclecticismo, y por eso, aunque suele compararse a Alvear con las vías parisinas, es más acertado equipararla con la Quinta Avenida neoyorquina de 1900.

Los terrenos de las veredas impares eran muy valorados por la vista al río desde la barranca y sus jardines hasta Posadas. El hôtel particulier Luis XV de Av. Alvear 1605, encargado por Juan Fernández y Rosa Anchorena al arquitecto Edouard Le Monnier en 1907, es el único sobreviviente que aún conserva la totalidad de su parque original. Sus propietarios no pudieron habitarlo porque, a raíz de un accidente, se quedaron en París. En 1922 lo alquilaron al presidente Marcelo T. de Alvear y luego a Adelia M. Harilaos de Olmos, quien tras años de negociaciones logró adquirirlo. Esta marquesa y condesa pontificia legó la residencia a la Santa Sede.

La avenida también conserva la huella de aquellos años en sus bronces franceses que decoraron el Pabellón Argentino y en la memoria de una ciudad que, como el molinete que llegó del campo inglés al subte, fue transformando sus costumbres con el paso de las décadas.

Por qué importa

La avenida Alvear concentra la memoria arquitectónica y social de la élite porteña. Su historia permite entender cómo Buenos Aires pasó de la sobriedad criolla al eclecticismo europeo y qué queda hoy de ese patrimonio.

Qué sigue

El desafío pendiente es la preservación de los palacios que aún sobreviven, como el Maguire y el Hume, frente a la presión inmobiliaria sobre la avenida.

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