Dejó el marketing, se mudó a Los Cardales y abrió "Pueblo", una chocolatería artesanal
Marcelo Flores cambió las campañas publicitarias por bombones, alfajores y marroc en un local que funciona en una antigua casona de la provincia de Buenos Aires.

Marcelo Flores tiene 48 años, es publicista de profesión y hace una década dejó atrás las campañas de marketing y diseño para instalarse en Los Cardales, en la provincia de Buenos Aires. Allí abrió "Pueblo", una chocolatería artesanal que funciona en una antigua cochera de una casona sobre la calle Estrada al 25, donde antes atendía un odontólogo de la zona. "Ser chocolatero es el mejor oficio del mundo", asegura desde su local.
El emprendimiento abrió sus puertas el 1 de julio de 2016 y hoy ofrece bombones, marroc, alfajores, milhojas, tabletas, barritas y trufas. La producción se hace íntegramente en el lugar, en un pequeño laboratorio donde Flores trabaja junto a Nati y Ro, dos empleadas. "Nuestra mejor publicidad siempre fue el boca en boca", sostiene el chocolatero.
La mudanza desde la gran ciudad no fue improvisada. Durante años había buscado un lugar rodeado de naturaleza para criar a sus dos hijas junto a su mujer. Evaluó otras opciones como La Cumbre, Tandil y Pinamar, hasta que unas vacaciones de otoño en Cardales terminaron de definir la decisión. "Nos quedamos varios días y vimos cómo era el ritmo del pueblo de lunes a viernes: duermen la siesta, tienen sentido de comunidad, hay tranquilidad. Nos dimos cuenta que era todo lo que estábamos buscando", rememora.
Una vez instalado, quiso que su nueva actividad fuera creativa. Pensó en proyectos gastronómicos, pero ninguna idea lo convencía hasta que apareció el chocolate. "El rompecabezas que tenía en mi cabeza empezó a encajar. En ese momento no había ninguna en la zona. Quería ofrecer el mejor a un precio conveniente", explica. Se capacitó con cursos en el IAG y con incontables horas de tutoriales en YouTube. "Soy un autodidacta apasionado", cuenta entre risas.
Para Flores, la clave del oficio está en la técnica del templado. "Una vez que sabés hacerlo bien se te abren infinitas posibilidades", opina. No viene de una familia de chocolateros ni tiene recetas heredadas: todo lo que creó nació de sus propios gustos. "Yo empecé la historia familiar con el chocolate", reconoce.
Los sabores de su infancia ocupan un lugar central en la propuesta. El marroc artesanal es un homenaje al chocolate que comía de chico. "Hay clientes que vienen especialmente a buscarlo y se llevan más de medio kilo. Tiene la mejor pasta de maní", dice. El alfajor clásico de chocolate y dulce de leche recuerda al Terrabusi de sus recreos, y las nueces con dulce de leche bañadas en chocolate surgieron como tributo a las nueces confitadas que probó en una plaza de Fiambalá, en Catamarca. También incorporó una reversión de la Tita, con una versión clásica de limón y otra con pasta de avellanas.
El alfajor marplatense relleno de dulce de leche o mousse es uno de sus productos más pedidos. Cada uno pesa entre 85 y 90 gramos y se baña a mano, uno por uno. "El alfajor es el amor de mi vida. Tenía que estar a la altura de los chocolates y bombones", afirma. Son tan famosos que viajaron desde Tokio hasta Londres en manos de clientes.
Entre las trufas, la de limón se prepara con limones de su propio árbol y se baña en chocolate blanco con coco rallado. "Es una lemon pie para astronautas", define, porque concentra todos los sabores en un bocado. El milhojas, formado por cinco capas, es otro clásico de la casa. "Recomiendo morderlo con las paletas para sentir el crack de las tapitas de chocolate", sugiere.
La calidad de la materia prima es innegociable. Antes de abrir hizo un estudio de proveedores de chocolate, dulce de leche y frutos secos, y eligió los que consideraba mejores. "No ahorro en calidad", asegura. Incluso los huevos de Pascua se elaboran con el mismo chocolate que usan para los bombones.
Por el local pasaron personalidades como los hermanos Petersen, Christian y Roberto, y Carlos Bianchi, fanático de sus chocolates. "Es un mimo al corazón enorme", confiesa. La chocolatería funciona casi todos los días, menos el domingo por la tarde. "Nos tomamos unas horas de descanso. Bien de pueblo", bromea.
Por qué importa
El caso muestra cómo un cambio de vida y de rubro puede sostener un emprendimiento artesanal lejos de las grandes ciudades. La chocolatería se volvió un punto de referencia en la zona y sus alfajores viajan por el mundo.
Qué sigue
El local seguirá con su ritmo de pueblo, cerrado los domingos por la tarde. Flores y su equipo continúan probando recetas nuevas y escuchando sugerencias de los clientes para ampliar la propuesta.
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