Economía Agrícola

Fertilización 2026/27: los números cierran, pero piden aplicaciones con datos precisos

En una reunión de Fertilizar Asociación Civil se repasaron los indicadores clave para decidir dosis de nitrógeno y fósforo en maíz y soja sin perder rentabilidad.

Redacción••4 min de lectura
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Fertilización 2026/27: los números cierran, pero piden aplicaciones con datos precisos

Con buena humedad para los cultivos de granos gruesos y precios que acompañan, la campaña 2026/27 presenta relaciones favorables entre fertilizantes y granos. Sin embargo, los resultados de las aplicaciones de nitrógeno y fósforo pueden quedar lejos de lo esperado si no se ajustan con datos precisos del suelo y del cultivo. El tema se abordó en una reunión de Fertilizar Asociación Civil, de la que se desprenden indicadores concretos para la toma de decisiones.

El primer dato a mirar son los requerimientos de cada cultivo. El maíz necesita 20 kilos de nitrógeno y 4 kilos de fósforo por tonelada de grano, mientras que la soja requiere 70 kilos de fósforo y apenas 6 de nitrógeno por tonelada producida. La diferencia se explica porque la leguminosa toma gran parte del nitrógeno del aire.

“Se estima que, como promedio nacional, el 60% del nitrógeno consumido por la soja en la Argentina es aportado por las bacterias Rhizobium; por esa razón casi no se fertiliza la soja con nitrógeno”, afirmó Esteban Ciarlo, coordinador técnico de Fertilizar, durante el encuentro.

El segundo indicador es el índice de cosecha: la planta absorbe nutrientes pero exporta solo una parte. En maíz se van 14 kilos de nitrógeno y 3 de fósforo por tonelada de rendimiento. “Un maíz de 7700 kilos por hectárea, que es el promedio nacional de los últimos años, exporta alrededor de 108 kilos de nitrógeno y 23 de fósforo por hectárea en cada campaña. Sin embargo, las dosis promedio que se utilizan en el país son de solo 70 kilos de nitrógeno y 12 de fósforo por hectárea”, criticó Ciarlo.

Para el técnico, esa brecha muestra que los suelos están proveyendo una parte del consumo y que se trata de “costos ocultos que tiene la agricultura en los últimos años”. A eso se suma el comportamiento dispar de los nutrientes: el nitrógeno es muy móvil y puede perderse por lavado en un año llovedor como el actual, mientras que el fósforo queda retenido en las partículas del suelo.

Con esos datos sobre la mesa, la decisión de fertilización puede apoyarse en modelos. Para el nitrógeno se parte del disponible a la siembra, más la mineralización y el efecto del cultivo antecesor, y la dosis se calcula según un rendimiento objetivo. Para el fósforo se usa el método de fósforo extractable de Bray, que evalúa los primeros 20 centímetros del suelo y se compara con el umbral crítico del cultivo. Como complemento, conviene revisar la eficiencia agronómica de la fertilización y evitar desbalances entre nutrientes.

Ciarlo remarcó que, para alcanzar la mayor eficiencia, hay que programar una nutrición balanceada que no considere solo el nutriente principal, sino también fósforo, azufre y zinc, entre otros. “Si se alcanzan altos niveles de eficiencia agronómica en la nutrición de los cultivos, no solo se consiguen mayores rendimientos, sino que se amortiza mejor el costo del arrendamiento y otros gastos de implantación y protección”, explicó.

El aspecto económico también juega a favor. Franco Córdoba, responsable de Mercados de Fertilizar, señaló que hoy se necesitan 9 kilos de maíz para comprar 1 kilo de fertilizante nitrogenado, una relación 8% por debajo del promedio de los últimos 20 años. En fósforo la ecuación es menos favorable, porque está 13% por encima de ese promedio histórico.

Los estudios de la entidad muestran el impacto en los márgenes: pasar de 80 a 160 kilos de nitrógeno por hectárea en campo alquilado a 16 quintales de soja lleva el margen neto de un resultado negativo de 105 dólares por hectárea a 299 dólares por hectárea. El costo de fertilización es de 134 dólares por hectárea, por lo que la aplicación se paga 2,2 veces con el incremento de producción en maíz.

En soja, subir el fósforo de 9 a 24 kilos por hectárea permite elevar el rinde de 3,7 a 4,2 toneladas por hectárea, lo que representa 74 dólares adicionales por hectárea. En un contexto de márgenes ajustados, ese tipo de números explica por qué la decisión de dosis no debería tomarse a la ligera. Como referencia de mercado, la campaña récord de siembra 2025/26 ya mostró el peso de la inversión en insumos: los productores destinaron US$14.747 millones a la siembra.

“En la campaña actual se requiere rinde para obtener márgenes brutos rentables”, aseguró Roberto Rotondaro, presidente de Fertilizar. Para el directivo, hay que cosechar muchos kilos por hectárea y ese factor pesa más que los costos totales o el precio de venta de los granos. “Está bien pelear por el precio de un agroquímico o de una labor, pero es más importante apuntar los cañones a aumentar el rendimiento, lo que permite la licuación de los costos de producción”, agregó.

Rotondaro sostuvo que “los números de la fertilización cierran aún con dosis medianas y altas”, por lo que no sería conveniente hacer ajustes bajistas que equivaldrían a “disparar un tiro en el pie”. Aun así, recomendó un diagnóstico preciso para definir el qué y el cuánto, con mediciones de nitrógeno en el suelo, nitrógeno anaeróbico y el test de fósforo de Bray.

Por qué importa

Con márgenes ajustados y un año llovedor, la dosis de fertilizante define el resultado económico del maíz y la soja. Aplicar sin datos puede dejar rinde sobre la mesa o gastar de más en un insumo clave.

Qué sigue

Queda por delante el momento de las aplicaciones de nitrógeno y fósforo en la campaña gruesa. Los análisis de suelo y los modelos de decisión definirán si se sostienen las dosis o se recortan.

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