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Yoga Iyengar: el método que transforma el cuerpo y educa el carácter

Ideado por B.K.S. Iyengar, combina soportes, precisión y permanencia para convertir la práctica en un laboratorio de autoconciencia

Redacción••4 min de lectura
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Yoga Iyengar: el método que transforma el cuerpo y educa el carácter

El Yoga Iyengar es un método de enseñanza y práctica que se apoya en soportes como cuerdas, bloques de madera, cinturones, mantas y sillas para llevar la experiencia del mat a un proceso de investigación personal. A diferencia de otros estilos, prioriza la alineación minuciosa y la permanencia en la postura por sobre el dinamismo coreográfico. Su meta es el despertar de la inteligencia corporal.

“El Yoga Iyengar es un método de enseñanza y práctica basado en el yoga clásico que convierte la experiencia en el mat en un proceso de investigación personal”, explica Victoria Franco, profesora certificada y encargada de comunicación del Centro Iyengar Yoga BA de Zona Norte.

El creador del método fue B.K.S. Iyengar (1918-2014), figura clave del yoga moderno. Nacido en una humilde aldea de la India, superó la malaria, la tuberculosis y la tifoidea gracias a la práctica que inició a los 15 años con su cuñado, T. Krishnamacharya. A los 18 años fue enviado a Pune para enseñar y allí pasó décadas experimentando en su propio cuerpo y diseñando los primeros soportes con elementos domésticos. En 1966 publicó Luz sobre el Yoga y en 1975 fundó el instituto RIMYI.

“Iyengar es un gran ejemplo de cómo lo que parece algo adverso puede ser transformado en la potencia para nuestra propia evolución y eso impacta también en lo que nos rodea, tal como sucede muchas veces que practicamos yoga”, reflexiona Franco.

En lo filosófico, el método se asienta en los Yoga Sutras de Patañjali y su camino de ocho estadios. El aporte de Iyengar fue demostrar que una filosofía abstracta se enseña y verifica a través de la experiencia directa. “Cada práctica es una oportunidad para comprobar cómo una acción modifica la calidad de la atención, cómo un estado mental influye en el cuerpo o cómo la manera de habitar una postura transforma nuestra percepción”, señala la docente.

Esta vivencia dialoga con las koshas o envolturas de la existencia descritas en textos antiguos. “A medida que la percepción se profundiza, el practicante descubre que lo físico, lo fisiológico, lo mental y lo emocional no funcionan de manera aislada, sino que se influyen mutuamente”, agrega.

Los pilares de la técnica: rigor y permanencia

La práctica se estructura sobre bases técnicas claras y rigurosas. A diferencia de estilos como el Vinyasa o el Ashtanga, que priorizan el dinamismo y la repetición de secuencias, el Iyengar propone la detención para profundizar en la postura. “El método propone permanecer. Pero esta permanencia no es estática: es una acción interna constante donde el practicante aprende a observar, corregir y refinar la alineación de su cuerpo desde adentro hacia afuera”, detalla Franco.

La adaptabilidad es otra diferencia fundamental gracias al uso estratégico de los elementos. “En muchas escuelas tradicionales, si el alumno no llega a tocarse los pies o tiene una lesión, simplemente no puede realizar la postura o corre el riesgo de lastimarse. El yoga Iyengar rompió con ese paradigma: si el suelo queda lejos, se usan bloques de madera; si la espalda no se extiende, usamos una silla y subimos la altura de las manos. El método no exige que el cuerpo se adapte a la postura, sino que adapta la postura a la realidad de cada cuerpo”, sostiene.

Esa meticulosidad se sostiene en la capacitación de sus instructores: el sistema de certificación es uno de los más rigurosos y exigentes del mundo, lo que garantiza un entorno seguro, terapéutico y educativo en cada clase. Para quienes buscan complementar la práctica con otras disciplinas, existe una rutina de funcional barre que también trabaja cuerpo y mente.

Una clase habitual en el Centro Iyengar Yoga BA dura 1 hora 15 minutos. La planificación responde a una progresión mensual y pedagógica. “Solemos comenzar el mes con posturas de pie para fortalecer piernas y columna, brindando una base estable para luego avanzar hacia flexiones, torsiones, invertidas y extensiones de columna”, detalla Franco. El ciclo mensual concluye con clases restaurativas, enfocadas en la respiración y el Pranayama.

El uso de elementos y la guía verbal minuciosa permiten ajustar la postura y corregir errores comunes para prolongar la permanencia de forma segura. Las posturas invertidas, como el paro de cabeza (Salamba Sirsasana) o la vela (Salamba Sarvangasana), se enseñan de manera progresiva y se sostienen durante varios minutos en los niveles avanzados. Hacia el final, la sesión se nivela con asanas de descarga para relajar las zonas más exigidas y calmar el sistema nervioso. La práctica concluye de manera indispensable en Savasana, la postura de relajación total sobre el mat.

El abanico de beneficios abarca desde el alivio de dolencias comunes hasta la transformación emocional. En lo físico, la alineación constante corrige la postura, elimina tensiones en espalda, cuello y hombros, y mejora la flexibilidad. En lo orgánico, optimiza glándulas y órganos internos, regula el sistema hormonal, facilita la respiración y promueve digestiones ligeras y un descanso profundo. “Al sostener las asanas, el practicante se enfrenta con sus propios límites, miedos y frustraciones, lo que permite modificar patrones de conducta y cultivar un mayor discernimiento”, concluye la docente.

Por qué importa

El método propone una práctica accesible incluso para personas con lesiones o limitaciones, porque adapta la postura a cada cuerpo. Además, ofrece una vía concreta para trabajar cuerpo, respiración y emociones en una misma sesión.

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